BOTELLITAS DE AGUA CALIENTE

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

En el último partido del Valencia en Mestalla, el domingo 1 de septiembre contra el Mallorca, en el descanso repartieron botellitas de agua para combatir el sofocante calor. Natural. No, el agua no, que haga calor el 1 de septiembre en Valencia a las 5 de la tarde. Antiguamente, en el Paleolítico, por estas fechas el encuentro correspondiente a la Liga en el entonces Luis Casanova se disputaba a las 22,30 horas del sábado, lo cual te permitía pasar primero por Casa Balanzá, en la esquina de Ruzafa y Ribera con la plaza del Ayuntamiento (o del País Valenciano, Caudillo o como se llamara) para cenar una pataqueta de tortilla de patatas o de blanco y negro, llegar bien alimentado al anfiteatro y cuando el árbitro pitaba el final de los primeros 45 minutos salir corriendo por el vomitorio a por una Coca Cola o un bombón helado, todo ello a una hora en la que ya había refrescado y era muy agradable volver a casa andando y saboreando los goles del Matador. El fútbol en verano debería ser siempre de noche, al menos en esta zona de la península Ibérica. Pero claro, ahora hay que tener en cuenta la retransmisión de los partidos por la tele, los importantes derechos económicos que genera, y sobre todo los chinos, los chinos que ven la Liga y que imponen unos nuevos horarios, otras costumbres, ritos diferentes. Un proceso que termina (de momento) en la botellita de agua que se reparte a los sufridos y casi heroicos asistentes al Valencia-Mallorca del pasado domingo. Miles y miles de botellitas de agua que luego, seguro, acabarán no sé cómo en el Mediterráneo y de ahí llegarán al Atlántico y cuyas micropartículas terminarán formando parte de la alimentación de peces que posteriormente pescaremos y engulliremos tras ser cocinados a la plancha en bares y restaurantes, en una especie de ciclo sin fin que nos devolverá las botellitas de agua. Y lo peor de todo (por lo que me cuentan, que el 1 de septiembre yo seguía en Denia, de donde sólo salí por imperativo legal, es decir, porque tenía que volver a trabajar) es que el agua de esas botellitas estaba caliente. ¡Puajjjj! A mí que me la sirvan en vaso de cristal, con tres hielos y una rodajita de limón. Uno, en su ingenuidad, tiende a pensar que lo mejor sería no poner un partido en Valencia el 1 de septiembre a las 5 de la tarde, al igual que no es recomendable salir a visitar a esa hora la Catedral de Sevilla o la Mezquita de Córdoba si no quieres que te dé un sofoco y tengan que llamar al 112 para que te atienda un Samur por un «golpe de calor». Pero es evidente que desde hace ya muchos años el mundo del fútbol anda reñido con la razón, la lógica y el sentido común, colonizado por oportunistas que lo mismo pueden venir de Singapur o de Portugal que salir del mismísimo Valencia.