Un bostezo en el Congreso

El pensamiento único lo mismo establece que el patriotismo es rancio que las normas de urbanidad son decadentes

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Los fotógrafos que cubren los plenos del Congreso pillaron el pasado miércoles a Pablo Iglesias en el momento en que bostezaba en su escaño y al día siguiente algunos medios publicaron la instantánea en la que el líder podemista abre la boca bien a gusto (no sabemos si acompañada del inevitable ¡ahhhhhhhh! para terminar rascándose el cogote y estirando los brazos) y no tiene la prevención ni el detalle de tapársela con la mano como (al menos a los de mi generación) nos enseñaron que había que hacer para no acabar mostrando al respetable las muelas del juicio (si las hubiere) y hasta las amígdalas. ¿Es que ya no se explican estas cosas? No desde luego en los colegios, vade retro Satanás, pero es que a nosotros no nos las enseñaban en los colegios sino en casa, al igual que a poner bien los brazos durante la comida, a coger correctamente los cubiertos, a limpiarse con la servilleta antes de beber, a pedir las cosas con el por favor en primer término, a ceder el asiento a un anciano, a no hablar a voz en grito y tantas y tantas otras normas que a fuerza de no usarse acabarán en el desván de los trastos viejos, con los juguetes de tus hijos que un día -qué iluso- esperas que sirvan a tus nietos, como si los vástagos de los millennials fueran a jugar a algo teniendo como tendrán todo tipo de móviles, maquinitas y tablets a su disposición, tal vez incluso hasta un robot que les distraiga cuando termine de hacer la compra y de limpiar la casa. No, evidentemente ya no se enseña todo eso que se llamaba (¡qué antiguo, qué decadente!) normas de urbanidad y que se ha asociado a un régimen, a una ideología, a una forma y un estilo de vida superados. El relato progresista, el que se ha impuesto en España y en todo el mundo occidental, el pensamiento único de lo políticamente correcto, dictaminó que lo que a su juicio es una educación estricta basada en imposiciones y rígidos protocolos no sólo es conservadora (y como tal, susceptible de linchamiento) sino que encima coarta la libertad de los niños y los jóvenes, no les deja ser ellos mismos, atenta a su personalidad, limita sus capacidades. Y en esas estamos, prisioneros de una nueva norma tan impositiva y dictatorial como podía ser la anterior y que establece el vístete como quieras sin tener en cuenta a donde vas y sin pararte a pensar que no es lo mismo la playa que un centro de trabajo, sé tú mismo sin importarte si molestas a los demás, come de cualquier manera, ponte la música a todo volumen aunque estés en un espacio público, estornuda lo más fuerte posible, con hipoaullido huracanado como el de Pepe Pótamo en su inolvidable globo, y, por supuesto, bosteza a lo Pablo Iglesias, con la boca abierta de par en par y con esa sensación de libertad y de triunfo del progre que desde su escaño del Congreso hace la revolución a golpe de gestos gratuitos. Y es que lo de vivir en un chalet de lujo en Galapagar debe de ser francamente agotador.