Es una historia anunciada. Quizá, una tragedia anunciada. Boris Johnson ha sido elegido líder del partido conservador británico por una amplia mayoría de los votos de sus militantes. En una corta carrera hacia la dirección del partido, Johnson fue dejando detrás a otros nueve candidatos en sucesivas votaciones, las cuatro primeras realizadas sólo entre los diputados conservadores, y la última entre los algo más de 159 mil militantes del partido.

Johnson es uno de esos caracteres histriónicos británicos que, en las películas -como el típico profesor loco de Oxford- resulta muy gracioso, pero, en la realidad y, sobre todo, en la política, pueden ser altamente peligrosos. Su carrera política y su vida personal están plagadas de actuaciones y de anécdotas caracterizadas por la exageración y un deseo casi enfermizo de llamar la atención y de epatar a la gente. Anécdotas y exageraciones donde la falta de honestidad y la mentira son el componente habitual. Y, si traemos el asunto al terreno que aquí más nos interesa, Europa, es precisamente aquí, donde su actuación se ha hecho, desde siempre, más notoria.

Johnson fue el segundo alcalde de Londres, puesto en el que sustituyó al laborista radical Ken Livingstone, y en el que se mantuvo durante dos mandatos consecutivos, entre 2008 y 2016. Pero antes, desde 1989 fue el corresponsal del Daily Telegraph en Bruselas, desde donde sus crónicas tuvieron siempre un tono cínico y despectivo con respecto a las Comunidades Europeas. Y, sin embargo, su formación humanística y cosmopolita en los mejores colegios y universidades británicas -Eton, Oxford, Bruselas-, ser licenciado en estudios clásicos, el dominio de varios idiomas -de joven, utilizaba el griego clásico para comunicarse en secreto con sus hermanos- podría hacer esperar de él una visión diferente del mundo y, hoy, de la Unión Europea. Muy al contrario, esa formación personal le hace adoptar una actitud arrogante, de superioridad y desprecio, frente a personas y cosas, pero, sobre todo, frente a instituciones y convencionalismos políticos y sociales. Y, claro, la UE ha sido en los últimos años el objetivo preferente de sus más feroces y mendaces ataques.

Fue uno de los líderes políticos más destacados -con Nigel Farage- en la campaña a favor del 'Brexit', en el referéndum de 2016. Sin embargo, cuando fue nombrado ministro por Theresa May, en julio de 2016, ésta no le dio la cartera encargada del 'Brexit' -se la dio a David Davis-, temerosa de que su especial carácter dificultase las relaciones con la UE y la consecución de un acuerdo; le dio, en cambio, la cartera de asuntos exteriores, de la que desgajó las relaciones con la UE. Y no iba muy desencaminada la señora May, dado que justo un año después, Johnson dimitía de su cargo por discrepar con respecto a lo que él consideraba que eran concesiones inaceptables a la UE.

Desde entonces, Johnson se convirtió en el parlamentario que con más ferocidad se opuso a la marcha de las negociaciones con la UE y, sobre todo, al acuerdo conseguido por las dos partes -la UE y el Reino Unido- en noviembre de 2018, centrando el grueso de sus críticas en el apartado del acuerdo que se refiere a la solución provisional acordada para la frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte, con la intención de evitar el restablecimiento de los controles fronterizos entre las dos partes, una vez que se hubiese consumado la separación del Reino Unido. Esto suponía que el Reino Unido, incluida Irlanda del Norte, debería mantenerse en la unión aduanera de la UE hasta que se llegase a un acuerdo sobre las relaciones futuras entre las dos partes, tras la salida del Reino Unido.

Pero, lo más peligroso de la actitud de Johnson es que siempre ha mantenido -dándole la vuelta al argumento tradicional- que «un no acuerdo es mejor que un mal acuerdo». En este sentido, durante la campaña para la elección del liderazgo del partido conservador, su lema fue que sacaría al Reino Unido de la UE el día 31 de octubre -último plazo dado por la UE para concluir un acuerdo-, con acuerdo o sin acuerdo, con desprecio absoluto de las terribles consecuencias que una salida abrupta de la UE puede tener tanto para la UE, como para el propio Reino Unido.

En este sentido, dos documentos muy recientes, uno publicado el pasado 19 de julio, por la Comisión para la Salida de la Unión Europea, de la Cámara de los Comunes - 'Consecuencias del 'No Acuerdo' para la economía del Reino Unido'-, y otro de la Oficina para la Responsabilidad Presupuestaria, del propio gobierno británico, también de este mes -'Informe sobre riesgos fiscales'- ponen de manifiesto la gravedad de las consecuencias de la salida abrupta de la UE. Pero ese oscuro panorama no hace sino reiterar las negras perspectivas que el Fondo Monetario International resaltó también en su 'Perspectiva Económica del Mundo', de abril de 2019.

Y, sin embargo, Boris Johnson, ha despreciado esos informes y sigue predicando, en su discurso mendaz, las bondades que esperan al Reino Unido fuera de la UE y la posibilidad de negociar libremente con cualquier otro Estado del mundo. Claro que ahí fuera le espera Donald Trump, prometiéndole al Reino Unido el mejor de los acuerdos internacionales posibles. El problema es que ni el Reino Unido, ni los Estados Unidos, están solos en el mundo y necesitan a la otra parte para comerciar. Y, hoy por hoy, a pesar de todas las crisis, la UE es la economía más poderosa del mundo.