Bolas de nieve

Sabemos que los responsables nunca terminan de asumir la culpa pero ¿y si entre ellos están los ciudadanos?

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

En este país, todo es susceptible de convertirse en arma política. Hasta la nieve. Y, en especial, la nieve. Ya ocurrió hace años cuando Magdalena Álvarez reinaba en Fomento y hubo quien la culpó de que nevara. Como si del ministerio dependieran las condiciones meteorológicas y no -como es lógico- la previsión de medios para evitar problemas derivados de esas condiciones. Ahora se repite la historia con sus oponentes en el poder. Ocasión única para devolver el golpe.

Más allá del enfrentamiento político que reactiva la amodorrada vida parlamentaria, ahíta de «procés», lo interesante es el dedo acusador de la DGT sobre los ciudadanos imprudentes que salieron a la carretera cuando no debían y sin los medios adecuados. Al parecer, unos no llevaban cadenas; otros, tenían poca batería en el móvil y los demás, poca gasolina en el depósito. En estos casos será difícil que sepamos si podía haberse evitado. Sabemos que los responsables nunca terminan de asumir la culpa pero ¿y si entre ellos estamos también los ciudadanos?

Preguntar algo así es incómodo; posiblemente, inexacto en muchos casos pero necesario para determinar qué falló y evitar que vuelva a producirse. No seré yo quien dé la razón a la DGT pero me pregunto si es posible hoy decir en voz alta que los ciudadanos hacemos algo mal. Más allá de la falta de medios, la ausencia de avisos adecuados o la mala gestión de la información, ¿qué hacemos si algunos conductores fueron unos imprudentes? ¿Es obligación de las autoridades anticipar esa irresponsabilidad? ¿No será paternalismo institucional? Lo formulo con interrogaciones porque no tengo respuesta clara. Si las autoridades siempre han de velar por que no metamos la pata, tendrían que evitarnos las grasas saturadas, los retrasos al llegar al aeropuerto o una mala conducción que pone en jaque nuestros amortiguadores. Ya lo hacen: quieren que comamos fruta en lugar de dulces; que no fumemos o que hagamos ejercicio. Es para evitar costes sanitarios pero no pueden impedir que un domingo nos atiborremos de blanc i negre con pimientos y patatas fritas en la torrà familiar. Tampoco pueden hacer que no cojamos el coche sin cadenas para circular por Castilla en pleno invierno. ¿Culpamos a los socorristas de que un bañista se meta en el agua con la bandera roja? No deberíamos. La cuestión aquí es saber si quienes se metieron en la boca del lobo de este fin de semana veían alguna «bandera roja» que avisara de la nevada o, por el contrario, se confiaron, como hacen esos bañistas irresponsables. Desconozco si fue un problema de información, de organización o de irresponsabilidad pero no parece descabellado plantear que, algunas veces, la Guardia Civil, la UME o la DGT no pueden hacer magia con un conductor imprudente. No significa eso que se pueda generalizar y cortemos a todos por el mismo patrón pero, al menos, puede ayudar en el debate no negar esa posibilidad.

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