BOFILL CAYÓ EN LA TRAMPA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Hacía tiempo que no oía hablar de Ricardo Bofill. Tras una etapa de esplendor, a principios de siglo este nombre se asociaba a un personaje de la llamada prensa rosa, su hijo Ricardo, que de repente desapareció de la escena mediática tras haber acaparado portadas de revistas y horas de programas de televisión por sus relaciones amorosas con Chabeli Iglesias y Paulina Rubio. Bofill padre, el auténtico, ya no es l'enfant terrible de la arquitectura, entre otras cosas porque está a punto de cumplir los 80 años, pero aún conserva parte de esa magia que a comienzos de la década de los ochenta del siglo pasado cautivó al entonces alcalde de Valencia, Ricard Pérez Casado. De su proyecto de ajardinamiento para el viejo cauce del Turia queda poco, muy poco, apenas los tramos X y XI, entre los puentes del Mar y del Ángel Custodio, con sus columnas clásicas y el estanque bajo el Palau de la Música. El resto, es sabido, se fue haciendo como buenamente se pudo, aquí metemos un estadio de atletismo que no sabemos dónde ubicar, aquí un muñeco gigante para que jueguen los niños, aquí dejamos los campos de fútbol que ya estaban cuando el río aún era río, aquí apostamos porque la vegetación crezca sin ningún orden... No podemos hablar, por tanto, del Turia de Bofill, que en Valencia apenas ha dejado huella de su genio constructivo, otra cosa es en Calpe (La Manzanera). Ahora regresa con un proyecto de rascacielos (aunque en Estados Unidos se reirían, en Europa más de cien metros de altura en un edificio permite incluirlo en esta categoría) para la avenida de las Cortes Valencianas, junto al inacabado nuevo Mestalla. Y ha conseguido una cierta repercusión, incluso en algún medio nacional, gracias a unas declaraciones sobre un compañero de profesión, el valenciano Santiago Calatrava, del que dijo -entre las complacientes sonrisillas de algunos periodistas- que es un buen arquitecto aunque a veces «se le caigan cosas». Si bien la trampa se veía a kilómetros de distancia, Bofill cayó en ella. Hubiera sido muy sencillo decir que no tiene por costumbre valorar a otros arquitectos o simplemente salirse por la tangente alegando que el motivo de su comparecencia ante los medios no era Calatrava sino su nueva obra. Pero no, en lugar de eso entró torpemente al trapo. Seguramente porque sabe que meterse con Calatrava trae a cuenta, tiene rentabilidad asegurada, incluso en Valencia, o especialmente en Valencia. Y que así iba a conseguir una repercusión que de otro modo se le resistiría. Pero en su pecado llevaba la penitencia. Porque una vez hecha la gracia y tras cosechar las risitas de los periodistas podría preguntarse quién ha hablado de su proyecto, de su rascacielos, que es lo que seguramente a él le interesaba. O al menos, a quien le paga.