BOCA Y RIVER

J. C. Ferriol
J. C. FERRIOLValencia

No volveré a reivindicarme como futbolero por no abusar. Pero les recuerdo que mañana mismo tienen la oportunidad de presenciar en directo un acontecimiento que paraliza buena parte de Sudamérica: el partido de vuelta de la final de la Libertadores que disputan dos equipos argentinos, Boca Juniors y River Plate. Digo que tienen la oportunidad, si es que les apetece, porque el encuentro se disputa en Madrid, y no en el estadio de los 'millonarios' -que es como se conoce coloquialmente a River-, por los incidentes que tuvieron lugar apenas unas horas antes de que el árbitro pitara el inicio del encuentro. La hinchada bonaerense la emprendió a pedradas con el autobús que llevaba a los jugadores de Boca hasta el estadio y la gravedad de los incidentes obligó a los organizadores del campeonato a tomar una decisión drástica: sacar el partido no sólo de Argentina, sino incluso de Sudamérica. Vivimos tiempos revueltos, más enredados de lo habitual, en los que hasta un partido de fútbol entre dos equipos -por muy rivales que sean- puede acabar convertido en una batalla campal. Y me dirán: es que el fútbol en Argentina... Bueno, no hace falta irse tan lejos para ver batallas campales. En Girona, hace un par de días, grupos independentistas trataron de reventar una concentración en defensa de la Constitución y la unidad de España. El 1 de octubre de hace un año largo se vivieron graves incidentes en varias capitales catalanas con el desafío separatista como principal motivador. Se nos va el diálogo de las manos. Alguien ha decidido que es mucho más fácil reventar manifestaciones o hacer correr a la policía que sentarse en una mesa a negociar y, claro está, ceder si se está en minoría. Queremos construir casas por el tejado, llegar antes que nadie a ningún sitio, imponer nuestro criterio por encima de todo. Los demás son fachas. Entrar en algunas redes sociales supone asistir a verdaderos mercadillos de difamación e insulto -participar se convierte en un acto de valentía mucho mayor que el de viajar a un país en riesgo de conflicto-. Se acerca la campaña electoral (si es que en algún momento se había detenido) y habrá que endurecer discursos, resituarse en el escenario político, sostener lo insostenible si resulta políticamente rentable, y despreciar al adversario antes incluso de escucharlo, simplemente porque lo es. Se piden dimisiones, hasta del propio partido, como si llegáramos tarde a algo. Nos han entrado las prisas y no hay formas de quitárselas de encima. Y luego nos extrañarán los resultados de las elecciones, la irrupción de nuevos partidos, la radicalización de los debates. La Constitución no se hizo a golpe de tuit ni en un ratito. Y van cuarenta años de vigencia. No se construye nada duradero con prisas.

 

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