Blasco Ibáñez

CÉSAR GAVELA

Esta tierra es la patria de algunos de los más grandes escritores del idioma castellano del último siglo y medio. Alicante tiene una nómina fuera de serie. Alicantino de Monóvar fue Azorín, el maestro de la brevedad y la observación. El autor que inventó géneros, tal vez desde su original anarquismo político, nacido en Valencia, cuando era estudiante de derecho. Luego se volvería un hombre conservador, pero su obra siempre fue nueva, raigal y reveladora. Alicantino fue Gabriel Miró, el prosista que construyó, desde la contemplación, un mundo narrativo perfecto y suntuoso. Alicantino de Orihuela fue Miguel Hernández, uno de los poetas mayores del idioma español del siglo XX, y decir eso es decir mucho. Hernández, que en el momento de su triste y joven muerte, dejó una montaña de luz y fuerza: la de su poesía que no morirá nunca. Alicantino de Alcoy fue Juan Gil-Albert, prosista extraordinario, hombre de cultura y compromiso, republicano exiliado en México, máximo ejemplo del escritor que se refugia en su mundo creativo para soportar la oscura noche del franquismo.

Y valenciano fue Vicente Blasco Ibáñez, el hombre infinito. Y que, como tal, no hay modo de abarcarlo y conocerlo. Aunque sí hay tiempo de seguir en el estupor de que hubiera existido. En la sorpresa que siempre surge cuando uno se acerca a su vida y a su obra, a sus empeños y viajes, a sus éxitos descomunales y ruidosos. A sus amores y libros. A todo él, enorme montaña civil de pasión, arte y política. Un ciudadano universal.

Valenciano, en fin, es Francisco Brines, uno de los mayores poetas del idioma castellano desde hace ya muchos años, y que sigue escribiendo, desde su ritmo lento, solar y mediterráneo. Poeta que, sin duda, merece el premio Cervantes. Y es que esta tierra ama el idioma español. Lo tiene por propio, desde hace siglos. Tan propio como el valenciano. No sabemos si piensan igual los dirigentes políticos actuales, tanto autonómicos como municipales o provinciales. Imaginemos que sí, aunque sea a regañadientes. Y si es que sí, porque, por otra parte, sostener lo contrario sería ir contra la razón y contra el sentimiento de la mayoría de los valencianos, hay que demostrarlo. Teniendo por propios, desde los poderes públicos, y a todos los efectos, sin discriminación alguna, sin desinterés o desidia, sin oscura inquina tribal, a los autores que escriben en la lengua de San Juan de la Cruz, Rubén Darío, García Lorca o Borges.

Una de las consecuencias de esta realidad, que es invencible porque el idioma castellano no podrá ser erradicado de esta sociedad por mucho que lo sueñen algunos chiflados, pasa por hacer todo lo posible porque el legado de Vicente Blasco Ibáñez se quede en Valencia. Hagan juego, señores. Hagan justicia. Aunque hayan erradicado el idioma de Galdós de toda la comunicación pública. Una actitud tan injusta y necia como ridícula.