Biquini y naranjas

El modelito de Cristina Pedroche ya se ha convertido en un símbolo de una versión casposa del Fin de Año

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La Nochevieja va de semiótica. Cuál es el primer anuncio del año. Qué guiños a la actualidad hacen los presentadores. O qué imagen quedará en la retina después de las famosas campanadas. Hablar de semiótica en Nochevieja parece un guión de Big Bang Theory, donde un grupo de cerebritos discuten sobre ciencia entre aventuras adolescentes. Sin embargo la última del año es una noche plagada de símbolos, aunque no tengamos conciencia de ello. Si digo «biquini», más de uno creerá que me comí las uvas en las playas de Varadero o de Río de Janeiro. Nada más cerca de mi intención, pero no es el caso. Lo entenderá quien estuviera más pendiente de la televisión que del cordero, porque podrá asociarlo con su verdadera referencia: el vestido de la Pedroche. La presentadora de la Sexta nos tiene en vilo cada Nochevieja por la capacidad de su indumentaria para que alguno se descuente de las uvas durante el único carrillón al que atendemos en todo el año. El modelito de Cristina Pedroche ya se ha convertido en un símbolo de una versión casposa del Fin de Año, aquella en la que los caballeros miran a la pantalla para ver a vedettes con la mínima ropa posible. Puro landismo de nuevo cuño. O exaltación del mamachichismo 3.0 escudado en un empoderamiento de no se sabe muy bien qué.

Sin embargo, en Valencia teníamos otro ejercicio hermenéutico mucho más interesante aunque menos sugerente, sin duda. Éste iba de naranjas, el atrezzo que acompañó a Ximo Puig durante su discurso institucional. Las naranjas son a Puig lo que la foto de Leonor al Rey: un acto de propaganda, dicho sea desde el más sincero reconocimiento de legitimidad semiótica. Nada hay de malo en aprovechar el escenario para decir aquello que no cabe en el discurso ni puede ofrecerse durante los minutos de publicidad o contenido patrocinado. Es decir, aquellos guiños en los que se quiere poner el acento. En el caso del Rey, en la continuidad de la institución con la imagen de la heredera y en el de Puig, en el apoyo de la Generalitat al sector citrícola. Podían haber puesto un patinete con diesel, para mostrar su preocupación por el sector automovilístico valenciano, o el libreto de Madama Butterfly para animar a los preocupados trabajadores de Les Arts, pero el interiorista ideológico optó por las naranjas que son un icono limpio, sin dudas, sin dobles sentidos ni discusiones bizantinas. Y, sobre todo, porque entroncan pasado y presente con el futuro que deseamos quienes amamos la huerta. Lo único que me produjo cierta desazón fue una lámpara esquinada a la que se le dio su segundo de gloria y me hizo temer que fuera la de Aladino y el empeño por poner doscientas fotos en mesas, estanterías y repisas. No solo no se identifican sino que distraen. En lugar de escuchar al presidente, te entretienes averiguando quién es quién, dónde y por qué en color sepia. Yo me quedo con los planos desde la puerta. ¿Será de salida?