Escribo este artículo con los recuerdos del verano pasado, Llevaba un tercio redactado cuando se me ocurrió el título. Al poco caí en la cuenta que había parafraseado una deliciosa película francesa de los 60 'Los paraguas de Cherburgo'. Su recuerdo me hizo repensar lo escrito y con el espíritu y mensaje de la película retomo el tema.

«Las comparaciones son odiosas», responden invariablemente aquellos que en su fuero interno recelan o saben que saldrán escaldados por las mismas. Este tipo de gente es la que gobierna el Ayuntamiento de Valencia. Las comparaciones sirven sobre todo para dar a las cosas y actos su justo valor y poner cada cosa y a cada uno en su sitio.

Friburgo, en el centro de la Selva Negra, es una ciudad algo así como Valencia entre el río y las grandes vías, quizás hasta transitos. En ella, el uso de la bicicleta está ampliamente extendido, no sólo en la ciudad sino en su 'hinterland' de pueblos próximos. Su uso está generalizado y se nota claramente que es funcional y práctico sin más consideraciones, no hay obras específicas para el tráfico de bicicletas, una raya amarilla en la calzada o la acera es suficiente y coexiste pacífica y cívicamente con los viandantes, con el trafico automovilístico y con una densa red tranviaria con preferencia semafórica, sin plataforma reservada, y de buses. El uso de la bicicleta no se predica cual oración del viernes por un 'mullad', está asumido y sin duda debe ser fruto de un largo proceso y no menos grandes consensos vecinales y políticos. Justo lo contrario de lo que sucede en Valencia con la movilidad.

Comparemos los aparcamientos de bicicletas en los aledaños de las estaciones de tren un día laborable cualquiera, el de la estación de Norte y el de la Bahnhof de Friburgo, con ello se explica el sentido de este artículo. Con apenas quince bicis el primero, atiborrado el segundo.

Habría que añadir que en el entorno de la Bahnhof (con 14 andenes para vías pasantes), en apenas 500 metros de acera se encuentra la estación de autobuses interurbanos, que te llevan tan lejos como al aeropuerto de Basilea, y una cuádruple parada de tranvías en el puente que supera las vías de tren, y todo ello interconectado

Es común ver a una 'fraülein' elegantemente vestida y en alpargatas con su bicicleta y en la cestita un bolso de marca y unos zapatos de tacones de a palmo. Más sorprendente es ver bicicletas aparcadas en tal o cual calle y con las alpargatas en la cestita. La gente acude en tren o tranvía a la ciudad, coge la bici y se va a trabajar, al terminar la vuelve a coger, la aparca y regresa en tren o tranvía a su casa. Vi momentos chocantes en que había en el paso de peatones esperando el verde el triple de bicicletas que de viandantes.

Hace poco, el Ayuntamiento de Valencia ha organizado el XV Congreso Ibérico 'Bicicleta y ciudad', un encuentro con «representantes de 20 países» (¿cómo y quién los ha elegido?) que en palabras de los organizadores sitúan a Valencia como «capital mundial de la bicicleta».

Mayor infundio no es posible. De conocerlo -cosa más que improbable- habría dejado perplejo y confundido al Ayuntamiento de Friburgo, que ve su obra y gestión del desplazamiento de sus vecinos por su municipio como un trabajo bien hecho. Me cuesta imaginar a los concejales y al alcalde de Friburgo, o las autoridades del 'länder', desfilando ante la cámara en un ejercicio propagandístico y de autocomplacencia (e indecente, añado amablemente) con que el alcalde y concejales, el presidente de Les Corts, la señora Oltra, vicepresidenta del Consell, y otros más nos obsequiaron, dándose un paseíto por la plaza del Ayuntamiento para inaugurar el tal congreso ciclista y predicar sobre el uso de la bicicleta. A renglón seguido subieron al coche oficial y a otra cosa mariposa.

Recordemos lo dicho antes de las comparaciones. Lo podrán vestir como quieran pero el Ayuntamiento de Valencia ha hecho del desplazamiento en bicicleta una cuestión ideológica que clasifica, discrimina y divide al vecindario de la ciudad, distinguiendo a una supuesta izquierda y a los progresistas que van en bicicleta del resto que van en coche o no van en bicicleta y que son de derechas o directamente fachas. De momento se escapan de la clasificación los usuarios del transporte público. Junto a ello hay una evidente criminalización del tráfico privado y un no menos evidente propósito de expulsarlo de la ciudad (todo ello, naturalmente, sin dejar de cobrar el impuesto municipal de circulación), lo cual es un enorme despropósito y una flagrante injusticia. No se debe gobernar ni proyectar un futuro de ciudad en función de una minoría como es el colectivo de ciclistas y sus mediáticas organizaciones.

El adanismo del actual Ayuntamiento, el clientelismo y el gobernar para las diversas minorías y satisfacer sus pretensiones más descabelladas, despreciar los consensos y el debate plural -por mucho que se diga lo contrario- circunscribirlo solo con los amiguetes (colocados de asesores) acabará más pronto que tarde dilucidándose en las urnas, confrontando balances y programas, y de seguro habrán sorpresas y sustos por doquier.

Soy peatón y usuario del Bus y tren por convicción desde hace muchos años y también oyente de lo que la gente corriente habla en el bus o en los pasos de peatones esperando el paso y que cuando inicia el cruce mira recelosa no pase sin respetar el semáforo el ciclista de turno. Esto y la circulación por las aceras como si fueran los amos en detrimento de los peatones es el vicio generalizado de la mayoría de los ciclistas autóctonos (en contraposición con los ciclistas extranjeros) conscientes de que el Ayuntamiento es 'de los suyos' y ningún municipal les dirá nada.

Y así están las cosas a la orilla del Turia en contraposición con lo que vimos en Friburgo.

 

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