EL BESAMANOS

Atribuir la metedura de pata al carácter narcisista del presidente del Gobierno es mucho decir

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Estoy pensando en invitar a Pedro Sánchez a mi próximo cumpleaños. No es que seamos amigos. Ni siquiera somos conocidos ni tenemos amigos en común. Lo haría como estrategia para evitar el besamanos y que salude por mí a todos los invitados. Lo pones en la entrada y le dices que ése es el papel principal del anfitrión y no se mueve de allí hasta que termina de pasar la última bandeja de canapés, vacía ya, camino del office. Tú, mientras tanto, puedes zascandilear de aquí para allá sin tener que recibir o despedir a ninguno de los asistentes.

Ya sé que lo de ayer fue un error y que el comentario más bondadoso es que «le puede pasar a cualquiera» para quitarle hierro al asunto. Es cierto que resulta curioso ver cómo el presidente del Gobierno y su mujer se sitúan junto a los reyes para que los saluden todos los invitados de la recepción con motivo del Día de la Hispanidad y ha de ser alguien del equipo de protocolo quien les indique que no deben quedarse allí. Es una escena sin más trascendencia a la que los enemigos de Sánchez han atribuido un ego descomunal, un intento por suplantar al Jefe del Estado, una necesidad de robar protagonismo o un desconocimiento supino de los mínimos requisitos del protocolo institucional español. Quizás haya un poco de cada cosa pero parece excesivo elevar una anécdota a la categoría de caracterización psicológica del presidente. De hecho, mi hipótesis no va por ahí y eso que no le tengo una especial simpatía. Sospecho que lo sucedido es obra de algún pérfido conocido suyo que quiso ponerle en evidencia explicándole, con toda solemnidad, que una vez saludado el rey, el presidente se sitúa a su derecha para compartir la jornada y el besamanos. A Sánchez, como sabemos, no le faltan asesores picarones que lo mismo le invitan a correr por La Moncloa que hacen un book de fotos con sus manos como si fuera el catálogo de una crema hidratante. O sea, que, a poco que se lo proponga, se ve rodeado de sus peores enemigos. Lo de ayer debió de ser algo de eso: o algún miembro encubierto de la oposición con ganas de reírse de él le dijo que no se separara del rey o el típico cuñado que se cree que lo sabe todo y que jamás ha estado en palacio, dedicó la comida del domingo a explicarle cómo comportarse en una recepción de ese calibre. El listo debió de sacarlo de una película de Laurence Olivier en blanco y negro sobre la Inglaterra medieval y Sánchez se lo creyó. Atribuir la metedura de pata al carácter narcisista del presidente es mucho decir. Considerarlo un intento por restar protagonismo a los reyes es absurdo. Lo sorprendente, en cualquier caso, es que no le dieran pautas de protocolo quienes organizan el acto o sus propios asesores. El hecho no tiene más dimensión que el chascarrillo, pero en nada beneficia a un presidente cuestionado, endeble, con socios que ningunean a la institución monárquica y demasiado pagado de sí mismo.

 

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