Batshuayi no es de Benimaclet

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

La gente -ese concepto genérico y como tal indeterminado, inconcreto y líquido, puesto de moda por Podemos- se sorprende a veces de cosas que a mi lo que me sorprende es que se sorprendan, no sé si me explico. Va por ejemplo el señor Batshuayi -futbolista del Valencia CF- y dice en una rueda de prensa previa al partido contra el Manchester United que pretende hacerlo lo mejor posible para regresar al Chelsea siendo mejor de lo que era y «la gente» estalla indignada. Pero ¿cómo puede decir semejante barbaridad, cómo se atreve? Qué desagradecido, después de que lo hayamos acogido como el padre que sale al encuentro del hijo pródigo, lo viste con sus mejores telas, le pone un anillo en el dedo y manda cocinar para él un gran banquete ¡y va y nos lo paga así! A tenor de esta interpretación de los hechos, de esta manera de ver la realidad, el jugador belga de origen congoleño debería ser ya, tras unos pocos meses viviendo en Valencia, un valencianista de corazón, un hombre que sintiera los colores, besara el escudo con devoción, llorara las derrotas y celebrara los triunfos como si éste fuera su club de toda la vida, el de sus padres y sus abuelos, el de toda su familia. Y al que encima le gustara la paella de pollo y conejo, sintiera devoción auténtica por la Mare de Déu y acudiera el 9 d'Octubre a contemplar extasiado la bajada de la Real Senyera desde el balcón del Ayuntamiento. Me temo, sin embargo, que la realidad es otra. Para empezar Michael Batshuayi no nació, pongamos por caso, en el valenciano barrio de Benimaclet, no conoció el paso del popular trenet que enlazaba la estación del Pont de Fusta con el Grao y que posteriormente fue reconvertido en un moderno tranvía, no tendrá ni idea de dónde se encuentra el Cottolengo ni la plaza donde está la Iglesia, no habrá paseado nunca por el casco antiguo de uno de los barrios de Valencia que conserva su identidad, que en algunas calles parece un pueblo, donde aún puedes encontrar a alguna señora María que baja en bata a comprar el pan. No, querida «gente» indignada, Batshuayi no es de Benimaclet, ni de Valencia ciudad, ni del antiguo Reino de Valencia, ni de España siquiera, es de Bélgica, y de pequeñito no creo que quisiera jugar en el club de Mestalla. A los futbolistas de fuera que vienen a jugar aquí lo que hay que pedirles es profesionalidad, entrega, pero no aspavientos ridículos ni absurdas y poco creíbles declaraciones de amor que al instante, en cuanto llega un agente con una buena oferta, se transforman en un adiós muy buenas y ahí os quedáis. Asunto distinto es aquellos que han nacido en la terreta o que se han criado en la cantera, de los que obviamente se espera un plus emocional, una recarga sentimental, un interés especial, pero ése no es el caso de Batshuayi.

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