La Batalla... de Flores

La pugna que se está viviendo en el Ayuntamiento es, sobre todo, por el turismo, el primero de los negocios de la ciudad

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Mensajes, rumores, comunicados, negociaciones... La 'Batalla de Valencia' sigue, sin visos de solución, hasta que te paras a pensar si esa pugna, más allá del juego de colocar y mantener personas, no será una pugna por el turismo, el primero, más complejo y visible de los negocios de esta ciudad, de cualquier ciudad cosmopolita europea del siglo XXI.

El turismo, no perdamos la perspectiva, es la mitad de la economía como mínimo. Palacio de Congresos y Turismo Valencia Convention Bureau, hostelería y comercio, cruceros y pisos turísticos, aeropuerto y puerto... El turismo está en todas partes y se relaciona estrechamente con la movilidad, la ocupación de terrazas, el alquiler de bicicletas, los museos y el deporte. El turismo de la ciudad está obligado a negociar hasta... con la Iglesia. Y una de las cuestiones más delicadas que aguardan a Valencia en los próximos meses, la posibilidad de aplicar una tasa a las pernoctaciones está ahí, en el limbo, a la espera de debate.

Cualquier alcalde puede tener un primer teniente y llamarle vicealcalde si no le gusta el nombre oficial. Pero «teniente de alcalde» quiere decir «sustituto del alcalde»; no «otro alcalde». Cualquier alcalde puede decirle a su segundo que se va de vacaciones y que le haga el favor de presidir la Batalla de Flores en su nombre. Pero recalquemos la figura: en-su-nombre. No por su cuenta, no como alcalde número dos, no como alter-ego. La política de una ciudad se decide en el pleno y la dirige y aplica un ser humano, el alcalde, que curiosamente ha sido elegido por concejales-compromisarios... pero no por los ciudadanos. Es una de las peculiaridades de nuestras leyes.

De manera que la política turística, que es la nuez de la batalla que ahora se está dilucidando en Valencia, podrá ser una pero no dos. La podrán ejecutar varias personas pero seguirá siendo una, ejercida por delegación del alcalde. No cabe pues que Sandra Gómez, por su cuenta, se haga fotos con los artistas de las carrozas en sus talleres y meta cucharita en la Batalla de Flores sin permiso.

Conocer a los sectores profesionales, tratar con colectivos vinculados al turismo y la hostelería, negociar asuntos capitales que van desde licencias a ayudas, desde horarios a promoción, es sustancial en la ciudad. Todo los estímulos al comercio y el turismo que en el primer siglo XX hacían la Cámara de Comercio y el extinto Círculo de Bellas Artes son ahora públicos y los desempeña el Ayuntamiento. De modo que lo que ahora se llama «visibilidad», por decir algo que parezca inocente, es, más que una vicealcaldía, una segunda alcaldía: la capitanía de una parte notable del poder y la administración municipal, que no es fácil que resigne el «partido mandante».

Dicen que entre Joan Ribó y Sandra Gómez no hay química, y puede ser. Pero el alcalde, cuando mira, siempre tiene un ojo desviado hacia el oeste, hacia el Palacio de Congresos donde tiene su despacho Antonio Bernabé.