BASURILLA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Escuché el tronar de la mascletà un par de veces durante estas Fallas a la altura del edificio de Telefónica. Sentí el subidón del cañón sincopado aturdiendo el alma con esas descargas. Flipé, luego, marchando hacia la palocueva, con el suelo alfombrado de porquería. No me extraña que este año, además de las tradicionales lipotimias y de ese traidor cólico nefrítico que devastó un espectador (un abrazo, seas quién seas), algunos hayan sufrido esguinces: pisas una lata vacía en pleno despiste y el tobillo se descalabra. Cavilé mientras caminaba intentando explicar esa asociación entre la masa y la suciedad. Como individuos somos tirando a limpitos y, en caso de encuesta, de un estupendo admirable. Utilizamos pulcros las papeleras, recogemos las heces caninas, separamos los residuos para reciclarlos, luchamos contra el microplástico y el macrovertedero, peleamos contra la polución. Como individuos, en efecto, somos un amor, un cúmulo de virtudes, un modelo de convivencia. Pero bajo el amparo de la masa la cosa cambia porque ejercemos de entes anónimos que no rinden cuentas ante nadie. La masa lincha y descuartiza en momentos de histerismo teledirigido. La masa no razona y permite arrojar piedras para luego, gran chollo, cobardear escondiendo la mano. Refugiados entre miles de paisanos prescindimos de las normas habituales que lubrican nuestra sociedad, si encima flotamos entre el vaho de la fiesta, la sensación de todo vale, de absoluta impunidad, se refuerza y nos creemos una suerte de cochino Mad Max que funciona por libre aún a costa de fastidiar el prójimo. Esta misma mañana, de nuevo, hemos observado, pese a ciertos retrasos, el milagro de esa limpieza callejera que ya habíamos olvidado. No me molestan las borracheras colectivas a modo de catarsis, me subleva la innecesaria basura.