BARRO Y FUEGO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Poquito a poquito. Tacita a tacita. A la chita callando y cual laboriosa hormiga roja se diría que Errejón fue urdiendo su jugada para dejar plantado al máximo líder que, en el momento de la fuga con perfume a bofetón, cumplía satisfecho con sus obligaciones paternas. Errejón nos ha salido ofídico como el Fredo de 'El Padrino' pero en más espabilado.

Caray cómo las gastan algunos elementos de la nueva política cuya misión consistía en derribar las bellaquerías de la vieja política. Tantos abrazos y tanto aplaudirse uno al otro, tanto puño en alto y tanto galopar para asaltar los cielos y, al final, esto, o sea una traición alejada de la grandeza de las obras maestras de Peckimpah y muy próxima a los ajustes barriobajeros de los folletines folclóricos. Pero en esta lucha de barro y fuego no asistimos a una pugna acerca de la ideología, sino a una pelea sobre el poder, el liderato, la jefatura, el mando. Errejón cuenta con el favor del público por su aire aniñado, sus azules ojos de pasmo, su silueta famélica. Te cruzas con Errejón y te nace regalarle una bufanda o concederle una merienda de bocata de Nocilla. Come algo, hijo, que no nos comes nada. Sin embargo sabe comernos la oreja con su verborrea y devorarnos el alma con su mensaje al menos tan comunista como el de su antaño mentor y amigo Iglesias. Le detecto mayor peligro a Errejón que a Iglesias. Obsérvese que, el recién vapuleado Pablo, con esa cultura televisiva de la cual se enorgullecen, controlaba a la perfección las intrigas de 'Juego de tronos' o de 'House of Cards', pero luego, en la vida real se le ha escapado la gran celada tejida en su rebotica. No adivinó la puñalada que le ha atravesando los riñones y su halo de protector del rebaño, de coletudo Lenin de Galapagar, se ha disipado como el papel de un actor prescindible.