CON LOS BARRACONES SE HA PROMETIDO DEMASIADO

CON LOS BARRACONES SE HA PROMETIDO DEMASIADO

La construcción del colegio Ciudad de Cremona de Alaquàs ha estado paralizada unos meses mientras se aclaraba una modificación de obra, aquello que tanto dio para escribir sobre Ciegsa y sus mil millones de sobrecostes -dijo en su día el conseller Marzà- que desaparecieron en las conclusiones de la comisión de investigación en Les Corts sobre el tema. El nuevo centro se licitó en 2016 y los niños siguen en aulas prefabricadas. Unos 12.000 alumnos de centros públicos estudian en barracones, señaló la Conselleria la semana pasada.

Recuerdo, creo que fue en 2004 durante la presentación del programa Creaescola en el IES Benlliure, cuando el presidente Francisco Camps vaticinaba el fin de las aulas prefabricadas. No fue así. Todavía guardo el libraco editado por la Conselleria en tiempos de Font de Mora con las fotografías de los «400 nuevos centros» construidos durante su mandato. Recuerdo, en enero de 2016, cuando el presidente Ximo Puig presentó el Mapa de Infraestructuras Educativas con el que se prometía el fin de los centros íntegramente en barracones al final de la pasada legislatura. No ha sido así. El fin de las aulas prefabricadas tiene una muy buena promesa pero una muy mala ejecución. El tema es una bandera para la oposición política y un quebradero de cabeza para el gestor.

Y es que el principal problema, a mi juicio, de los barracones es que los políticos prometen lo que no tienen que prometer, por lo que generan unas expectativas en familias y pueblos que terminan en decepción, protesta y la sensación de que en educación las cosas se consiguen con gritos y protestas a pesar de la losa de los gestores políticos. Sobre los barracones, quizás el problema sean más las mentiras, al menos las exageraciones, que la mala gestión.

En lugar de dar un plazo cerrado y cercano, los políticos tendrían que ser más realistas con los ciudadanos que se les manifiestan. Decirles que los plazos de licitación de una obra siempre se retrasan, que los problemas de financiación autonómica condicionan el ritmo de las licitaciones e, incluso, que aunque se tenga el dinero, los plazos administrativos de los ayuntamientos, de la Administración, de los presupuestos y de la licitación añade meses, años, a todas las previsiones. Pero no. También Pedro Sánchez se presentó en 2014 en el Cremona diciendo que aquello de los barracones era inconcebible. Criticaba ese día Sanchez al presidente Fabra por «no defender los intereses de los valencianos», exigiendo al Gobierno central una mejor financiación que permitiría «tener una calidad educativa distinta».

Ya digo, éste es el problema del tema de los barracones: lo fácil que fue prometer desde la oposición y qué mala memoria se tiene desde el Gobierno. En funciones, que no es lo mismo que funcionando. Lo que tampoco se le explica bien a los ciudadanos es que mantener la red de centros públicos es costoso, y no sólo por presupuesto, sino porque cuando ya parece que se atienden las necesidades, surgen nuevas. Más allá de las diferencias de gestión que hay y ha habido, y que ni hay que negar ni reducir su impacto en las infraestructuras, las autonomías con más barracones cronificadas -Andalucía, Comunidad Valenciana y Cataluña- comparten rasgos identificativos: autonomías urbanas, con movimientos demográficos, construcción de nuevos barrios y una financiación autonómica tacaña. Y una inmigración en los sesenta que necesitó de los colegios que ahora toca tirar abajo y renovar. En Madrid, la atención escolar de los nuevos barrios se ha confiado, en buena parte, en la llamada nueva concertada, pero no ha sido así en las autonomías citadas.

Desde la dirección general de Régimen Económico en tiempos de Alejandro Bañares a la actual dirección general de Infraestructuras Educativas de Víctor García; de Ciegsa a la Agencia Pública Andaluza de Educación; soluciones novedosas como el Consorcio de Educación de Barcelona o el Plan Edificant que comparte el esfuerzo de la Conselleria con los municipios valencianos. Poner al día las infraestructuras educativas, un esfuerzo ejemplarizado en el fin de los barracones, se ha intentado de muchas maneras pero a ninguna se le puede calificar como la definitiva. Los políticos prometieron que terminarían con los barracones en los colegios, para luego reducir la pretensión con el fin de los colegios en barracones. Y por no ser más sinceros, han frustrado muchas esperanzas.