Barcelona

La delincuencia 'escanea' cada día el tejido social buscando dónde prosperar, y allí se ha mirado para otro lado

VICENTE GARRIDO

Qué está pasando en Barcelona? Los homicidios duplican los registrados el año pasado en estas fechas, dos diplomáticos extranjeros son atacados (y uno de ellos muerto) en plena calle para robarles, los vecinos de barrios como el de Ciutat Vella hacen caceroladas para protestar por la inseguridad que atenaza su vida diaria, los ciudadanos forman patrullas de vigilancia en el metro para avisar de la presencia de carteristas y expulsarlos del vagón... el Ayuntamiento reconoce la existencia de una 'crisis', y propone un plan de choque cuya cabeza visible es la presencia de efectivos de las unidades antidisturbios en lugares proclives a registrar robos con violencia y otros delitos graves.

Frente a esta situación algunos comentaristas han señalado que no conviene exagerar: no se trata de una ciudad sitiada por el crimen, y es cierto que en los años ochenta del pasado siglo, cuando entró en España la droga 'dura' como un tsunami, las cosas estaban mucho peor. Pero lo que es 'exagerado' o no, depende del lugar y la época, así como de las sensibilidades en juego. El rechazo a la victimización violenta es cada vez mayor; no se considera un azar de la vida sino algo evitable, por ello es ahora más visible y afecta con mayor indignación a la gente, que ya no perdona la negligencia de quienes deben prevenirla. No soportamos que a la puerta de nuestro hotel alguien nos robe impunemente; eso lo podemos esperar en Caracas, pero no en Barcelona.

Barcelona (como el resto de España) no registró un aumento de la delincuencia durante los pasados años de la crisis, cuando hubiera sido lo 'lógico', y ahora, en una situación objetiva mejor (aunque lejos de ser la ideal o justa) esto no nos 'encaja'. Pero esto tiene una explicación si tenemos presente un importante principio de la criminología: los potenciales delincuentes son particularmente sensibles ante las oportunidades que observan en el ambiente de conseguir el botín sin un riesgo elevado de captura.

En estos últimos tiempos se percibe allá una política policial dudosa e incierta, se extiende la idea de que los okupas son bien vistos por el consistorio, que el gobierno autónomo está a otras cosas que a ocuparse del bienestar de los ciudadanos, que es más importante poner lazos amarillos que analizar los problemas de convivencia en barrios tradicionalmente azotados por las carencias sociales, que a nadie importa qué pasa con los que acogemos y luego abandonamos cuando son mayores de edad o cuánta gente vive del tirón o del pequeño hurto porque se cree (equivocadamente en muchos casos) que éstos no se convertirán en delincuentes violentos. La delincuencia 'escanea' cada día el tejido social buscando dónde prosperar, y allí se ha mirado para otro lado. Hoy en día cada delito cuenta, y si se alcanza un cierto nivel, la gente sale a la calle. Y con toda la razón.