Banderas

ANTONIO BADILLO

No sé de dónde salió ni tampoco en qué cajón andará. La recuerdo deshilachada por las costuras, un poco desteñida incluso, y desconozco si algún vexilólogo en su sano juicio habría sido capaz de homologarla, aunque aventuro la respuesta. Ni tenía escudo ni nadie lo echaba en falta. Apenas tres franjas horizontales, todas ellas del mismo grosor, dos rojas y una amarilla en medio -los curas y Marujita Díaz insistían en que había que llamarla gualda-. Como bandera era formalmente un desastre, pero a mí me llenaba. Vivió su esplendor en el Mundial de México. La colgaba del balcón siempre que jugaba la España de Miguel Muñoz y fue así como, victoria a victoria, mutó en una suerte de amuleto. Diría que en aquella mágica goleada a Dinamarca en Querétaro tanto tuvo que ver ella como Butragueño. Luego llegaron Bélgica, los penaltis, la maldición de cuartos, el odioso Jean-Marie Pfaff, y la carroza se transformó en calabaza. Descartadas de un plumazo sus dotes taumatúrgicas la olvidé, pero 33 años después vuelve a mi pensamiento en plena guerra de banderas, esteladas iracundas por allá, fervorosas juras por acá, acción, reacción. El valor de los símbolos debería residir en su capacidad para cohesionar a los pueblos. Tú y yo tenemos una historia común y la vemos reflejada en un himno, un escudo, una bandera, elementos que habrían de ejercer sobre nosotros un efecto similar a esa caja repleta de fotos antiguas a la que acudes cada vez que deseas reconfortarte con tus raíces. Cuando estos hilos que nos unen se convierten en alambradas destinadas a distanciarnos de los demás, si en lugar de conducir al orgullo nos llevan directos al odio, pierden todo su sentido. Como los idiomas desvirtuados hasta hacer de ellos armas de incomunicación. Tendré que buscar mi vieja bandera, que en el fondo tampoco era tan imperfecta. Jamás se metió con nadie. Si acaso, con Dinamarca.