No hay banda

La desconfianza del PSOE ante el transformismo político de su posible socio es notoria

ANTONIO SOLER

Cuando esto se escribe, Carmen Calvo y Pablo Echenique están encerrados en un cónclave de obispos laicos mientras media España espera impaciente el color de la fumata y la otra media está en las playas o practicando senderismo por los montes o las calles de Europa. O preparándose para ello. Calvo y Echenique juegan la partida de su vida por más que ambos estén curtidos en la práctica del órdago. Los dos han aguantado al lado de su líder cuando todo se derrumbaba alrededor de ellos. Calvo haciéndole un simbólico boca a boca a Sánchez después de la defenestración y Echenique viendo cómo a su alrededor los viejos compañeros del 15-M caían fulminados por la mirada radiactiva de Iglesias.

Las sensaciones que despertó la investidura ya están anticuadas. Son días de vértigo y tobogán veraniego. Pero, a pesar de todo, en el aire todavía flota la renuencia visceral que Sánchez tiene a ir de la mano con Unidas Podemos. Ha puesto reparos, vetos y excusas. Esa medicina no le gusta. Así que andan en el trance de vencer los escrúpulos y todo dependerá de cuánto ricino vierta en la pócima Iglesias, vía Echenique. Es decir, cuánta esencia ministerial exijan. La desconfianza del PSOE ante el transformismo político de su posible socio es notoria, el ansia gubernamental de Podemos también. Juegan con eso y también con la presión ambiental.

Porque, a las puertas del cónclave, los demás partidos no dejan de hacer ruido. Salvado el inevitable estrambote de Vox y su afán de cavar trincheras hablando de cómo este frente popular nos llevará al Apocalipsis, la estridencia más sonora es la de Ciudadanos, con Inés Arrimadas y sus compañeros repitiendo el mantra de «la banda de Sánchez», dando a entender que Sánchez es una especie de Jesse James que anda por ahí juntando forajidos para atracar la caja nacional. Feo. Y no solo porque el término incida en el deterioro del caricaturesco lenguaje político sino porque lo que esa inverosímil caricatura retrata más que nada es la propia frustración de Ciudadanos. Y uno al oír a Arrimadas se acuerda del genial David Lynch y de su 'Mulholland Drive'. Una exploración a los territorios ocultos de la identidad perdida. Allí aparecía una artista que cantaba sin orquesta y que justamente era presentada por un individuo que insistía: «No hay banda». El nombre artístico de la cantante era La Llorona. No, no hay banda y de momento no hay un Gobierno perfilado. Hoy se verá qué ocurre, si volvemos a las urnas o, como anunciaba Susana Díaz en una sensiblera carta de amor a España en forma de entrevista, se ponen por delante los intereses del país antes que los partidistas. Sea como sea, el guión de la fanfarria está asegurado: indepentistas encrespados, el PP intentando la resurrección, Vox a caballo y Ciudadanos corriendo el riesgo de quedarse definitivamente con el mote de la cantante de Lynch.