Bambar

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Ignoro si la palabra se emplea en otras zonas, pero en Valencia se usa 'bambar' para definir la actividad de la gente que se dedica a revolotear por ahí sin un propósito claro, definido. Lo más parecido a 'bambar' lo encontraríamos con el 'flaner' francés, pero nuestro bambar luce menos tono literario y una carga de pérdida de tiempo importante. Varios amigos míos abrazan el bambamiento a diario. Viven fuera de casa todo el rato, bambando sin rumbo fijo, saltando de un desayuno a un almuerzo a una cena a una presentación a una conferencia a un homenaje o a un algo. Bambar es su divisa. Son verdaderos profesionales del ramo. ¿Extraen algún provecho de semejante actividad? Ninguno, pero se tiran el rollo que da gusto. A estas personas la morada se les cae encima, de ahí su eterno bambar. Frente al síndrome monclovita que encapsulaba a los presidentes de nuestra joven democracia, de momento asistimos al bambamiento de Pedro Sánchez. No para, este hombre. Helicóptero, avión, actos, fotos... Y movimiento, mucho movimiento. Bambó por Canadá y se mostró encantado ante el acuerdo de libre comercio que la UE mantiene desde hace poco con ese país. Antes, cuando chupaba oposición, lo repudiaba. El bambar por ultramar, a veces, muta las opiniones. Del resto de viajes no nos consta alguna clase de beneficio, entre otras cosas porque no ofrece ruedas de prensa y mantiene un silencio grasiento. El bambar se conoce que atrofia la lengua porque quemas demasiada energía y luego no te apetece charlar con la prensa. ¿Para qué? ¿Para que te pregunten por la ministra de Justicia, por Pedro Duque y lo suyo, por las viviendas despistadas de la portavoz del gobierno en el tramposo destape de las propiedades de los políticos, por Cataluña, por unas próximas elecciones? Quita quita, prefiere bambar. Es más cómodo.

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