La balsa de la Medusa

Tantas horas, tantos tira y afloja, para lograr un pacto que estará moribundo en un par de años

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Con los años, me he acostumbrado a mirar con benevolencia y muy poca fe dos cosas: los discursos programáticos y las bodas de los amigos. Los primeros, porque, como dirían Mina y Alberto Lupo, son «parole, parole, parole». Palabritas que quedan muy bien pero no tienen nada que ver con la realidad posterior. Sobre el papel, todos los nuevos cargos son magníficos. Hasta que empiezan a ejercer. Entonces es cuando comienzan a rebajar todas esas exigencias que planteaban el día de su discurso de presentación.

Respecto a las bodas, suelo tener mucha paciencia y la ceja levantada mientras escucho los preparativos de la ceremonia: el traje, el banquete, la elección del tarjetón, los invitados, todas esas cosas que te va contando una amiga durante meses y que se prolongan tras la celebración, con las fotos del viaje. He terminado en un rotundo escepticismo porque son muy pocas las parejas cuya boda haya presenciado que aún continúen unidas. Algunas, incluso, se casaron a lo grande, con coros rocieros o con calesas adornadas por todo el pueblo, y duraron muy pocos años. Doy fe. Ahora, cada vez que veo una boda pienso lo mismo: cuánto gasto y cuánto tiempo para algo tan volátil.

Supongo que a todos nos pasa con otras cosas; quienes cocinamos conocemos bien esa sensación de fugacidad: después de haber pasado horas en los fogones, incluso días, vemos cómo desaparece todo de las bandejas en apenas un rato. O las falleras y falleros, tantos meses preparando, escogiendo telas, probando trajes y viendo la falla crecer para que, al final, en unos días, que parecen horas, todo termine y empiece de nuevo el ciclo. Sin embargo, hay una diferencia. En estos dos casos, el esfuerzo de mucho tiempo está volcado en un resultado que deja su fruto en forma de ágape maravilloso o días de fiesta inolvidables. En cambio, cuando el objetivo, con decenas de horas de esfuerzo, es montar una figura con palillos y ésta se viene abajo, no hay fruto posible. Solo frustración. Es lo que sucede con el matrimonio que se rompe tras una boda fastuosa.

Esa misma sensación me queda conociendo cómo discurren las negociaciones del Botánic II. Tantas horas, tantos tira y afloja, para lograr un pacto que estará moribundo en un par de años. Aguantará, posiblemente, como hizo el anterior aunque sea mordiéndose la lengua unos y otros, a punto de caer envenenados. Pero mi ceja sigue levantada pensando en cuánto para tan poco. Si un matrimonio ya es complicado y en él hay amor, un pacto político que nace sin él y lleno de suspicacias, prevenciones y alertas, no tiene más futuro a largo plazo. Solo mantenerse. El Botànic II más que un Titanic, como lo bautizara Bonig, es la Balsa de la Medusa, llena de supervivientes reunidos por las circunstancias y vigilándose mutuamente para evitar ser atacados por los demás con tal de sobrevivir. Y todo, para terminar hundidos en el mar y solo rescatados unos pocos.