'Balconing'

ELENA MORENO SCHEREDRE

El 'low cost' turístico nació con vocación de que todos los bolsillos pudieran acceder a privilegios que costaban una fortuna; viajar, conocer el mundo, deslumbrarte con la belleza... No era un proyecto solidario sino un negocio en el que el sufrimiento era lo único garantizado. Colas, hacinamiento, horarios propios de monjes entonando maitines, alojamientos sin garantías, copias y pegas de los sueños en los que se ven envueltos los ciudadanos de primera y, desde luego, ninguna posibilidad de reclamación cuando te abandonaban en un aeropuerto impronunciable a 70 kilómetros de tu destino. Las agencias vieron el cielo abierto pues tenían el mercado global de los rebaños del mundo; véase, jóvenes, familias, jubilados y demás pobres dispuestos a arrastrarnos anestesiados o a medio cocer.

De ahí a las despedidas de solteras/os, a la escapada de fin de semana de borrachera a un país con fama de «me lo paso todo por el arco del triunfo» no quedaba nada. No pienso conceder una 'g' a este absurdo verbo que los turistas descerebrados nos obligan a emplear a los medios de comunicación. Los jóvenes británicos se iniciaron en 2012 en el 'balconing', un deporte de riesgo que derivó en tendencia en las islas Baleares, concretamente en Mallorca. Recientemente, la novia de uno de estos británicos muertos en el salto del tigre -y naturalmente mediante un tuit- acusa a los hosteleros baleares de que sus balcones no tienen la medida adecuada y que por eso se caen los británicos. Luego especifica que los hosteleros de la zona se forran vendiendo alcohol y que, por lo tanto, ya se sabe que hay que hacer los balcones a prueba de insustanciales.

Como en este país se acostumbra a coger el rábano por las hojas no se ha tratado de evitar a estos bárbaros, sino que los grandes tour operadores están encargando auditorías a los hoteles con los que trabajan para establecer en qué habitaciones no pueden alojarse los turistas británicos. Los gastos hospitalarios que genera el patético deporte ascienden a unos 40.000 euros por lanzamiento -con consecuencias a menudo irreversibles, según los servicios sanitarios de las islas Baleares-, por no hablar de las demandas y quejas con que estos apreciados clientes nos obsequian. La opinión pública europea cree que este país, por ser el sur de Europa, es jauja.

Un poco si lo es, reconozcámoslo. El todo vale nos ha adelantado por la banda dejándonos con brigadas anticarteristas en Barcelona y turistas peligrosos en la Costa del Sol, pero como nuestros políticos no parecen tener prisa en terminar con el jueguecito de las sillas, pues hasta que se decidan a trabajar no quiero que nos oiga el primer ministro británico, Boris Johnson, que comparte muchas cosas con Trump, además de un visible desorden capilar. Ya creo haberlo dicho; los malos pelos definen con frecuencia la personalidad.