BALCONES CON VISTAS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Durante aquellos años bárbaros se vendían los pisos por castigo. Un amigo íntimo, recién separado, tuvo el capricho de buscar una morada con vistas al mar que se ajustase a su presupuesto de castigada clase media. Peregrinó sobre las procelosas aguas de aquellas inmobiliarias que surgieron como champiñones prometiendo tierras prometidas. Anunciaban «vistas al mar» pero el gran azul jamás se veía. Desesperado, en un apartamento al principio de la avenida del Puerto, se encaró con el mozo que se lo mostraba. «¿Pero dónde están aquí las vistas al mar?». El tipo le explicó que, si subían a la terraza, desde allí otearía el mar. Subieron, y desde la terraza, entre las siluetas de un océano de edificios, con suerte, retorciendo el cuello, efectuando un escorzo de Circo del Sol, hacia el final, añadiendo imaginación, se vislumbraba una gota azulona. Al reservar habitación de un hotel, al adquirir una vivienda, el apartado «vistas» supone un clásico. ¿Y dónde dan las vistas? Abunda lo positivo en las respuestas; esto es, si las vistas desembocan en un solar asilvestrado, la escombrera se torna magnífica foresta ecológica en boca del vendedor. Mención especial merecen esos balcones que se alquilan cuando los grandes eventos. Con las Fallas a la vuelta de la esquina circulará el trasiego de balcones alquilados por empresas deseosas de cumplimentar a su clientela. Cuando un bodorrio de ringorrango, también florece ese tráfico de balcones que mueve jugosa cantidad de dineros. Esto mismo ha sucedido con los balcones con vistas al Tribunal Supremo de Madrid. Hasta 400 pavos se pagan al día, lo cual nos indica el lado de puro espectáculo que el dichoso juicio proyecta, y este detalle me encanta porque revela normalidad ramplona y cotilla de oferta y demanda frente al victimismo de los quejicas habituales.