BAJO COSTE

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El dato indica que mengua el turismo baratero de los guiris chancleteros atrapados por los beneficios del 'low cost', por los chollos que les permiten gastar cantidades mínimas. El dato, pues, ojo al dato, que dijo el clásico, diríamos que nos resulta interesante sobre todo si, en efecto, se confirma la tendencia.

Pero como con los calores a pleno sol nuestra piel anda sensible, tras tanto criticar al dichoso low cost prefiero entonar una defensa. No en vano uno recorrió parapetado tras el escudo de la rutina barata media Europa y buena parte de los Usa, en concreto el Sur Profundo poblado por esos maravillosos paletos con ecos a Mark Twain. Bordeando el Misisipí, de motel casposo en motel cutre, tan escasos eran nuestros dólares que gracias a un hornillo de camping-gas nos preparábamos la comida y la cena en aquellas habitaciones mugrientas que olían a personajes perdedores de Barry Guifford o delincuentes estrafalarios del David Lynch de 'Corazón salvaje'. Antes de salir de juerga nos cascábamos una racial tortilla española que galvanizaba nuestras aspiraciones, y de postre un par de centraminas, por si las moscas, para favorecer, euhh, digamos la digestión (en el 97 todavía quedaba alguna...). Salíamos como cohetes, en fin. Pero sin marchar lejos también de jovenzuelos practicamos la modalidad ahorrativa. En el viejo Seat 600 de un amigacho nos largábamos unos días de farra a Benidorm y, por economizar gotas de gasolina, cuando las cuestas abajo ponía punto muerto para deslizarnos vía inercia gratis total. Transcurridos tantos años algunos enmascaran sus orígenes de viajeros de fortuna y maldicen a las legiones amparadas en el bajo coste. Han mutado en seres finos, exquisitos. Olvidan que siempre fuimos de bajo coste y que gracias a él vimos mundo corriendo aventuras que nos desasnaron.