LA LUZ QUE BAJA DEL CANIGÓ

La democracia, y el socialismo particularmente, muestran una extrema debilidad, un gran complejo ante el nacionalismo catalán

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Sant Martí del Canigó es una abadía románica enclavada en el sur de Francia, en la cima de una roca que se yergue a más de mil metros en los Pirineos. Pero esa zona, el Conflent, es la Catalunya Nord; de modo que la frontera no impidió que, durante décadas, la Generalitat de Jordi Pujol restaurase el monasterio, identificase la tumba de Guifré el Pilós (Wifredo el Velloso) y pusiese placas que celebran que la nación catalana fue parida allí mismo, hace más de un milenio.

Más, Puigdemont y Torra no hacen cuenta de que el Velloso fue un rey. Y sin manchar la idea monárquica original son capaces de entroncarla con la república independiente. Ante el pasmo encandilado de un Estado, un Gobierno y una sociedad, la española, que sigue sin capacidad para reaccionar, dar una réplica, enterarse siquiera de la magnitud de lo que está pasando en Cataluña...

Se han enviado 600 guardias a la Diada, decimos. Pero la Diada empezó a jalearse hace meses y hoy mismo, en medio mundo, hay fiesta y explicación de lo que es una república con exiliados que un Estado tardofranquista quiere abortar. Ayer, en veinte puntos del planeta, desde Seattle a Salem, desde Londres a México, se celebró el Catalan National Day sin que el Estado haya mostrado una mínima capacidad de respuesta.

Fiat lux. En Sant Martí del Canigó las vírgenes ya han encendido la lámpara votiva que, procedente del Parlament, llegará al mercado del Born, ahora Centre de Cultura i Memòria, de la mano de Torra y Torrent. La vieja pasión por las antorchas y las luces reverdece. Como un neofascismo, el nacionalismo escenifica sus aspiraciones, prepara un auto sacramental, una ceremonia de liturgia ancestral que llevará por las calles el viático de la llama. ¡Penitentiágite...! Cuando la luminaria llegue a la Generalitat, el relicario de la ceremonia, saldrán a la plaza artistas y juglares, bufones y trovadores, que ensalzarán a los dueños de la fiesta. El cartel de la Diada de este año es, precisamente, una cumbre que hay que coronar, un mitificado Canigó. Estamos escalando. Y el martes, en la Diagonal, habrá listas 220.000 personas que a las 17'14 (año 1714 ¿entienden?) lanzarán un grito, una «Ona Sonora», que terminará en Pedralbes, la sede del Palacio Real.

Teatralización, happening, escenificación coral de antiguos sentimientos tribales, con samarretas a 15 euros: «Fem la república catalana». El independentismo maneja admirablemente el arte operístico hasta el punto de transformar a la ciudadanía en un coro donde no faltan coristas voluntarios, y agradecidos, como el presidente de las Cortes Valencianas.

Floja y sin convicciones, amedrentada y falta de vitaminas morales, la democracia española muestra una tristísima incapacidad de respuesta ante una escalada que se incrementará en octubre. A su escasa fuerza parlamentaria, a las deudas de sus pactos, el socialismo español une titubeos históricos, un eterno complejo de inferioridad ante el hecho nacionalista.

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