Bádminton

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Todos aquellos cumpleaños infantiles venían salpicados por un momento tristísimo. Un tebeo de Astérix o Lucky Luke, un balón de fútbol, una espada o un par de revólveres de pistolero suponían un inmediato subidón pues entendías que eran artefactos útiles, imprescindibles para el divertimento. Pero siempre había alguien, siempre, que te enchufaba un trasto extravagante formado por una red difusa a medio camino entre la de tenis y la de ping-pong, un par de raquetas espigadas y raquíticas y, lo peor, una bola que no era una bola pues se trataba de un monstruoso híbrido compuesto por una media pelotilla que llevaba cosida una suerte de telaraña de plástico. El doctor Moreau no lo habría certificado mejor. El bajonazo que sentía, con ese juego de bádminton que no servía para nada, resultaba demoledor. Recuerdo aquellos trances justo ahora que contamos con una campeonísima del ramo. España es así. Apenas existen unos miles de federados en ese deporte pero Carolina Marín domina las canchas frente al ejército de asiáticas que muerde el polvo con semblante de incomprensión total. Lo de una española jugando al bádminton no debería de superar la fase de mera anéctoda pinturera, como cuando a un chinito le da por guitarrear en plan flamenco o a un japonesito por enfundarse el traje de luces para torear en un pueblo, afición que por cierto se le evapora cuando la vaquilla le propina la primera (y última) caricia. España hace tiempo que rompió su pertinaz sequía deportiva. Pilotos de motos y de F-1, Mundial de fútbol, tenis, waterpolo, en fin... Pero lo de conseguir la gloria allá en el bádminton representa un éxito extraordinario porque nos emparenta con lo paranormal. Además, Carolina se confiesa española sin complejos y no mantiene peculiares broncas con nuestra bandera. Hummm... Extraño, muy extraño.

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