Las bacterias playeras

La reiteración de alarmas en tan poco tiempo puede despertar algunos fantasmas en la prensa extranjera

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Estos días tengo la misma sensación que me produce la lluvia durante un fin de semana de trabajo. No es que me alegre, pero me siento menos mal que si sale un sol espléndido y yo no puedo ir a ninguna parte. Con las playas de Valencia me sucede algo similar. Hasta que no llegan las vacaciones las escapadas a la playa dejan un regusto culpable y poco tranquilizador; es la mala conciencia que me recuerda todo lo que tengo pendiente mientras intento relajarme en el mar. Y así no hay quien descanse. Sin embargo, cada vez que veo que cierran alguna de las playas cercanas a Valencia, me reconcilio con mi tensión particular que duda entre remojarse olvidándose de todo, o quedarse pegada al ventilador terminando el trabajo sin hacer. Y vence la segunda porque la primera queda vetada. Por causas ajenas a mi voluntad, cabe añadir.

Ahora bien, una cosa es salvar los muebles y el Pepito Grillo personal y otra muy distinta es la congoja que me está asustando, día sí y día no, con tanto cierre de playas por culpa de bacterias fecales. Ya sé que el problema es lo mal que suena lo de «fecales». Suena peor de lo que es, en realidad. Dicho así nos parece estar nadando en la Cloaca Massima de Roma en los peores tiempos de un Imperio aquejado de gastroenteritis universal por culpa de un 'garum' en mal estado, pero no es eso. Dice el concejal del ramo que nuestro sistema de control «es muy garantista». No cabe duda. Tanto que ante cualquier desajuste, por mínimo que sea, se pone en marcha el protocolo que incluye la prohibición del baño por razones higiénicas. Prueba de ello es que la alarma dura poco y enseguida se recupera la normalidad. Pero el problema es la recurrencia a la que asistimos en las últimas semanas.

Uno de los grandes tesoros turísticos de la Comunidad Valenciana son sus playas, y aunque los locales sabemos de su calidad y del exquisito cuidado que se tiene con ellas, la reiteración de alarmas en tan poco tiempo puede despertar algunos fantasmas en la prensa extranjera. A poco que los turistas cuelguen cuatro fotos en las redes sociales apelando a las bacterias fecales, podemos anegarnos en un triste panorama de mala fama. Y eso, una vez lanzado el bulo, es difícil de remontar. Para algunos medios sensacionalistas no es necesario ni siquiera que haya motivos para la preocupación; ellos solos lanzan infundios con tal de canalizar el flujo turístico hacia otros destinos de la competencia que presumen de mejores precios o de una oferta diversificada. Lo hemos visto en ocasiones en los que se alega peligro terrorista o comida en mal estado cuando ni un motivo ni otro son problemas reales del turismo en España. Harán bien, pues, las autoridades en aclarar, explicar y entrar en detalle de cómo combatir y evitar nuevos episodios «fecales» cuanto antes. No es fácil explicarle a un turista que está sopesando venir que las alertas son mecanismos de ultraprotección.