Hay que ayudarlas

Lo prioritario no es posicionarse ni censurar al otro o jugar a ver quién es más progre

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Se me hace difícil escribir hoy aunque mi caso no es ni comparable a lo que ha vivido Ángel Hernández, detenido por ayudar a morir a su mujer, Mª José Carrasco. Lo duro es recordar la experiencia que me hizo ver la eutanasia de un modo distinto. Yo siempre fui contraria por razones humanas y religiosas. En esencia lo sigo siendo, y por las mismas razones, pero la realidad es tan compleja que no hay soluciones simples ni respuestas facilonas. La única clave que permanece es la exigencia de poner a la persona que sufre en el centro del debate, no al servicio del voto, como veremos en los próximos días. De todo lo que he leído y escuchado desde que se conoció el caso de Carrasco, me quedo con una frase de su marido al explicar lo que había hecho: su mujer ya no está pero, hay muchas personas en esa situación, decía él, y «hay que ayudarlas». «Hay que ayudarlas» retumba en mi cabeza desde que escuché sus declaraciones. Y ése sí es el punto de discusión.

Ahí es donde entra el recuerdo de una madre que se ahogaba al comer. Nunca me dieron más diagnóstico que «demencia», «deterioro cognitivo» y «¡qué quieres, es mayor!». No me dijeron qué iba a pasar ni qué debía procurar para su bienestar. Nunca la vio geriatra alguno en la Sanidad pública y tuve que acudir a la privada. Y allí nunca se me dijo que sus recurrentes neumonías no eran fruto del invierno sino de que su mente olvidaba tragar y sus pulmones aspiraban comida. Me enteré en una de las muchas visitas a urgencias que hicimos mientras procuraba que estuviera bien tapada y que no saliera a la calle durante los meses del frío. Allí, una doctora, casi al final, me confirmó lo que yo había leído por Internet intentando aprender algo sobre la demencia: el problema era la comida, no el frío, y me recomendó que usara espesantes con los líquidos. La vi consumirse al final, con sus comidas trituradas llenas de polvos para conjurar el ahogo, pero una de ésas se la llevó. Y durante todo ese tiempo me sentí sola, desorientada, desinformada y sin tabla a la que agarrarme. Por eso me golpea tanto escuchar a Ángel Hernández con su «hay que ayudarlas».

Lo prioritario no es posicionarse ni censurar al otro o jugar a ver quién es más progre. Lo último que necesitan esas familias es que su problema real, sangrante, dolorosísimo, sea la enésima bala del videojuego populista en el que están inmersos nuestros políticos. Por una vez, deberían dejarse de las mezquindades cortoplacistas a las que nos tienen acostumbrados y analizar en serio, sin sesgos ideológicos ni prejuicios maximalistas religiosos, una realidad terrible. Lo horroroso no es el deterioro y la enfermedad ni el deseo de morir o de verle descansar sino el necesitar ayuda y orientación, gritar al sistema y escuchar solo el eco del propio grito. No es eutanasia ¿sí o no? Es ayuda, sí o sí. Y es debate sereno sobre la vida digna que reclaman estas personas y sus familias.