La autoridad judicial

Marchena sabe cuál es su papel y no se anda con circunloquios ni dilaciones innecesarias

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

Da mucha tranquilidad saber que ya no existen esos programas en los que alguien ejercía de juez. De ser así y con la actual tendencia al talent show, el resultado sería un grupo de jueces cuestionado por los concursantes y apaleados por las redes sociales. Salvo en TV3 donde hacen disección diaria del juicio del procés, cual «sálvame» con toga, el resto de medios se limitan a informar de lo que sucede en el Supremo y a arrancarnos un gesto de estupefacción, cuando no un «grito» de Munch en versión emoji, ante la forma de comportarse de algunos protagonistas.

La ventaja, de nuevo, es que no tenga formato de concurso. De ser así, las cadenas se rifarían al 'Risto' de la Justicia española, el magistrado Marchena.

El presidente del tribunal no se hace el antipático, como el conocido publicitario de las gafas oscuras. Él, simplemente, sabe cuál es su papel y no se anda con circunloquios ni dilaciones innecesarias. Cuando un testigo confunde la sala con el «speaker corner» londinense, saca su espada que para sí quisieran los de la serie de moda y corta cabezas, lenguas demasiado sueltas y pamplinas varias. Como ayer. Ni media broma con su señoría. A quien sacaba sus notas, le recordaba la prohibición; a quien buscaba su minuto de gloria per ofrenar glòries a Catalunya, le recordaba su papel y a quien se iba por las ramas y pretendía debatir como si el tribunal estuviera constituido por ociosos para un ejercicio diletante, le mandaba callar. Por un momento, viéndolo, se me saltaron las lágrimas. No por ser un látigo de independentistas sino por su ejercicio de la autoridad. Hace mucho tiempo que no veo a alguien imponerse con tanta seriedad recordando que, en ese espacio, él tiene el mando. Punto. Ni concesiones al auditorio ni esfuerzos por caer bien ni cautelas timoratas por las consecuencias de su actuación. En una palabra, el magistrado me recordó lo que, en un tiempo, fue la autoridad paterna o materna; la docente o la del sabio. Eso que ya apenas recordamos porque todos nos sentimos capacitados para juzgar al juzgador. Qué sabe el padre, el profesor o el anciano venerable frente a la arrogancia de quien, recién llegado a la cosa e incluso sin haber aterrizado nunca en ella, se permite censurar a quien tiene la «potestas», no simplemente la vara de mando. El magistrado no perdía el tiempo con componendas cuando una testigo decía «haber alucinado» el 1-O u otro testigo intentaba convertir su relato en un alegato sobre el procés. A Marchena no le temblaba el pulso para interrumpir, quitar la palabra o advertir de las consecuencias penales de los comportamientos inadecuados. Al verlo recordaba a esos padres que sufren a los niños tiranos; esos profesores que se sienten intimidados solo por procurar silencio en el aula o a esos expertos cuestionados en público por defender lo que llevan décadas estudiando a manos de quienes no saben ni lo básico del asunto.