AUTOPISTA... AL SALER

F. P. PUCHE

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

Era invierno, pero lucía ese agradable solecito valenciano. Así es que a las diez de la mañana del 12 de diciembre de 1973, don Gonzalo Fernández de la Mora, el ministro que presumía de una eficacia sin ideología, se dispuso a cortar la cinta inaugural de una autopista rara, exótica y muy especial. Porque siendo una autopista convencional, de generosos cuatro carriles más arcenes y mediana, resultaba ser una infraestructura pública, de titularidad estatal y sin peaje, pero enclavada solo en un término municipal: estaba destinada a unir, de momento, la ciudad de Valencia con una modesta pedanía situada al sur, la del Saler.

En aquellos momentos, la autopista del Saler (hoy V-31) era una absoluta novedad para los valencianos, que nunca habían conducido con su utilitario, al menos en su tierra, bajo el formato mágico de una 'autopista'. Los primeros tramos de la autopista del Mediterráneo estaban aún en obras; y precisamente, el ministro iba a visitar el tajo en la provincia de Castellón.

La replaza que entonces había frente a la antigua prisión militar de Monteolivete fue el punto inaugural. Allí estaba el kilómetro cero de la obra. Y es eso lo que explica, 46 años después, por qué los andenes y medianas ajardinadas de la avenida del profesor López Piñero, que se trazaron después al amor de la Ciudad de las Ciencias, han sido siempre un prodigio de abandono y descuido: porque siendo, como son, parte intrínseca de la autopista, no son competencia ni del Ayuntamiento ni de su contrata, sino una responsabilidad de su dueño. Que en 1973 era el Estado y ahorita mismo es la Generalitat. El Ayuntamiento nunca ha recibido (ni ha querido recibir) la titularidad de esa mediana... razón por la que, a la hora de la verdad, no la cuida nadie.

El ministro se fotografió en uno de los pasos elevados de la potente vía, y la caravana oficial inaugural llegó hasta El Saler... donde los cuatro carriles se difuminaban a la altura de lo que había sido un embarcadero de la Albufera. Una rotonda era, por el momento, el destino final de una colosal vía, de ocho kilómetros, que le había costado 290 millones de pesetas al Ministerio y 150 más al Ayuntamiento, por vía de expropiaciones.

Los periodistas -Vicente Murillo, Juan Ayllón, Salvador Chanzá, Vicente Garrido, Antonio Bellveser, Boro Barber y la infatigable Rita Barberá- llegaron al punto final más tarde que el ministro, que disfrutaba de un potente coche oficial. Pero habían logrado hacer lo que todo valenciano estaba esperando: enfilar con el 600, a más de 100 por hora, entre la planicie de arrozales de la Albufera. Pero al final, había una sola pregunta: ¿Para qué queremos una autopista así, si no existe la enorme urbanización turística a la que está destinada?

El alcalde Miguel Ramón Izquierdo, nombrado unos meses antes, se había encargado ya de paralizar las subastas de suelo de una urbanización que todos cuestionaban. Por lo demás, la explicación técnica del enorme formato de aquella autopista también había sido descartado por el ministerio, que en noviembre de 1972 anunció que la autopista de Madrid no entraría por el viejo cauce del Turia y no se encontraría con la del Mediterráneo a la altura del Camino de las Moreras. La enorme mediana expropiada, y todavía hoy reservada para un colosal trébol, ya era innecesaria: los técnicos habían decidido que la autovía del Mediterráneo rodearía Valencia en 'by-pass' y que el enlace con la N-III se haría muy lejos, a la altura de Ribarroja.

El 'ministro eficacia' se marchó a Madrid después de inaugurar, al anochecer, el nuevo tramo de Tránsitos configurado como avenida de Pérez Galdós, el paso inferior que facilitaba la salida hacia Madrid, y el puente de Campanar, ensanchado a 30 metros. A los valencianos les quedaba el dilema de qué hacer con el viejo cauce del Turia, finalmente.