LOS AUSENTES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El pasado viernes no lo dudé. A las 22.00 horas me apoltroné bellacón para contemplar lo que emitían desde la plataforma que me inyecta películas y series, o sea la última versión de «Predator» dirigida por Shane Black. El largometraje carece del encanto macarra de serie B que nos atrapó en la original protagonizada por Arnold Schwarzenegger y es una suerte de tontiloca guarriburguer que te tragas así en crudo a base de golpes sanguinolentos y fistro pirotécnico. Pero era viernes. Y el viernes a esas horas uno ya no tiene la cabeza para ruidos. Además, desde que esa plataforma entró en mi vida he abandonado la televisión «normal».

Me perdí, pues, las visitas que Bertín Osborne recibió en su casa. Compruebo que esos encuentros han derramado ríos de tinta. Entiendo el morbo. Sin embargo, lamento ser tan desahogado, no siento remordimientos por no haber estado alerta. No importa si las elecciones esperan a la vuelta de la esquina, desde hace lustros soportamos una eterna precampaña cercana al histerismo y conviene economizar nuestras energías de espectadores pasmados. No me extraña que la gente, de la farándula o la política, acuda a la vera de Bertín porque sospecho que este, desde su tono desenfadado, extrae un sabroso material que otros presentadores con el cuchillo entre los dientes no consiguen. Lo que me asombra son las ausencias, no tanto la de un Sánchez que, en su calidad de presidente, opta por no arriesgarse no sea que le pregunten por el Falcon o la tesis, sino la de un Pablo Iglesias en horas subterráneas y, por lo tanto, necesitado de cuota de pantalla. Don Pablo ha paseado su osamenta por todas partes, sin embargo no quiere tertuliar con Bertín, lo cual no deja de proyectar un desprecio clasista a la inversa. O a lo mejor quería evitar comparaciones entre un casoplón y otro.