El Ausente

Quizá muy pronto se recuerde a Mariano Rajoy con todos sus defectos; él siempre estuvo al lado de la ley y la austeridad

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

En este día de presunta calma permítanme que hable del Ausente, de Mariano Rajoy, al que imagino de vacaciones en Galicia, trotando de buena mañana con sus zapatillas cómodas, los calcetines abajo, sin más pretensiones que dejar que la vida fluya y, a ser posible, olvidar.

De vez en cuando, en las tertulias, alguien se detiene cauteloso: está a punto de citarle, de trazar una añoranza, de decir de su tiempo alguna virtud que merezca la pena recordar. Quizá su temple, que en ocasiones llevó a extremos de peligroso quietismo; quizá esa frialdad que se confundía con la falta de interés por el trabajo... A lo mejor lo que ahora se empiezan a evocar como virtud necesaria, en medio de tanta frivolidad, es lo que a él se le reprochaba como defecto, la prudencia y la continencia. A lo mejor, cuando vemos en los aspirantes a la Moncloa fragilidad infantil o mucho narcisismo en el espejo del marketing, lo que añoramos es aquel talante, de apariencia descuidada, que escondía la actitud reticente del administrador de fincas urbanas empeñado en ahorrar.

Las derechas, ese mundo complejo que está en desunión desde los tiempos de Cánovas, tiene ahora tres voces porque el Ausente, Mariano Rajoy, no supo, o no quiso, impostar tres personajes a la vez. No hablaba, no decía, no actuaba recio y le tildaron de ir por la vida con complejos. Tampoco usaba el liberalismo incierto y radical que pregonaba grandes reformas de las autonomías rampantes y despilfarradoras. No hacía un juego 'bonito', no tiraba de redes sociales, no se avenía a la frivolidad de las modas mundanas ni entraba en la esfera de descalificar al adversario.

Lo suyo, entre 2015 y 2016, fue lo que es probable que volvamos a tener: un gobierno provisional que no reunía mayorías y se estancó durante dieciocho meses. Ahora es probable que recordemos que hubo que sacar a Pedro Sánchez de la cúspide de su partido para encontrar el desbloqueo que necesitaba el país. Como es seguro que recordaremos que una vez más, como fruto de la extrema debilidad del Estado y su gobierno, el nacionalismo catalán se hizo independentista y aprovechó la coyuntura como en 1918 y 1934. Después, convertido en el chivo expiatorio de todos los males, una moción de censura, acompañada de una catarata de decisiones judiciales adversas, hizo posible todo lo demás. Hasta configurar un nuevo paisaje de bloques y bloqueo, de cinco voces más el coro disonante de nacionalistas y radicales en el que su frágil sucesor, Pedro Sánchez, se juega la estabilidad, la suya y la de todos, a cara o cruz.

Sí, se va a recordar muy pronto al Ausente. Y muchos no lo harán ahora para mal decir. Con sus defectos, el estuvo siempre al pie de la ley. Al lado de la austeridad, vestido del coraje de los defensores de la Constitución, sin necesidad de dar pábulo a pactos, negociaciones o frivolidades, sin pregonar más firmeza que la que las leyes proclaman.