Ataque a una profesora

Una ausencia clamorosa de nuestro sistema educativo es la falta de supervisión de la salud mental del alumnado

VICENTE GARRIDO

Afortunadamente no son habituales los ataques graves de alumnos a profesores, pero el incidente de este miércoles en un instituto de Valencia no debe tampoco dejarse de lado. Es claro que algunos estudiantes canalizan en los profesores frustraciones y problemas que los hacen vulnerables al fracaso, pero también un peligro para quienes han de educarlos. La imagen, por otra parte, de los otros alumnos conminados a permanecer encerrados en el aula en espera de la llegada de la policía y la salida del joven agresor del centro, trae a la cabeza las periódicas tragedias de los tiroteos en las escuelas de Estados Unidos, donde tal acción forma parte del protocolo de defensa ante tales situaciones.

Una escuela inclusiva no significa que pueda albergar a un joven que acuchilla a un profesor; el reconocimiento de que algunos de ellos tienen problemas importantes de desarrollo exige que el sistema público tenga en cuenta la necesidad de prestar ayuda temprana a los que presentan problemas emocionales o de conducta graves. Se me dirá que no se pueden prever estos casos, y esto es verdad solo en parte. Quizás una de las ausencias más clamorosas que tenemos en nuestro sistema educativo es la falta de supervisión de la salud mental del alumnado. Es como si no quisiéramos entender que, en un sistema universal de enseñanza, tales problemas se presentan necesariamente porque, sencillamente, existen en nuestra sociedad.

Hay un miedo a estigmatizar; lo comprendo, pero la inclusión debe basarse, por encima de todo, en la posibilidad de que los chicos con dificultades participen en un clima de convivencia donde la natural empatía de los alumnos ayuda a superar -al menos en parte- las dificultades que puedan presentar algunos de ellos. Sin embargo, cuando el desarrollo adecuado de la personalidad toma el camino de la violencia, ya sea hacia los otros compañeros o hacia el profesorado, se hace necesario preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para que nadie pase miedo en la escuela, ni alumnos ni profesores.

La protección de la infancia es, también, la protección del agresor juvenil. Esa protección -de sí mismo y de los demás- es una exigencia de una escuela sana. La violencia forma parte del concepto de salud pública. Todos los alumnos humillados y atemorizados por los acosadores participan en experiencias que alteran su equilibrio emocional y su calidad de vida; la ansiedad y la depresión con secuelas habituales, además de una disminución del rendimiento escolar. Los profesores amedrentados en poco pueden ayudar a mejorar las cosas. Una buena escuela garantiza la seguridad y genera un clima de confianza en la que todos contribuyen a unas horas de esfuerzo, pero también de enriquecimiento. Algún día nos 'pondremos las pilas' de verdad con todo esto. La salud pública comienza en nuestros colegios.