El asociacionismo en la actividad pública

Los autores analizan el fenómeno de la agrupación de personas en colectivos destinados a participar e influir en la sociedad actual

El asociacionismo en la actividad pública
Ben Harritt
RAMÓN SENTÍS DURÁN Y ANTONIO M. LÓPEZ GARCÍAMIEMBROS DE LA JUNTA DE AVAPOL (ASOCIACIÓN VALENCIANA DE POLITOLOGÍA)

La asociación del ser humano, su mera agregación en busca de la propia subsistencia y seguridad, es consustancial a la especie. Con la evolución del paso de los siglos, esta necesidad ha devenido en lo que hoy conocemos como la sociedad civil, dentro de la cual los ciudadanos en general buscan satisfacer, a través de las asociaciones y el asociacionismo, intereses tanto particulares como generales que en muchos casos, y de una forma directa o indirecta, suelen tener influencia sobre el poder político para la obtención y desarrollo de sus objetivos, actuando como grupos de presión, y que sin duda, dentro de los sistemas democráticos, se evidencian de forma expresa, como una manifestación más de las libertades presentes en este tipo de regímenes. Pero no pretendemos referirnos a los grandes grupos de presión como sería el caso de lobbies, patronales, sindicatos, etc., aunque los que nos ocupan, a menudo también ejercen tal presión. En las sociedades no democráticas, aunque también albergan el asociacionismo, a menudo éste actúa para acentuar posiciones oficiales, o como mero fideicomiso del poder establecido, y por lo tanto impidiendo las libertades que sí le son propias a un sistema democrático. Así pues, y a sensu contrario, en nuestras sociedades abiertas, salvo que sus objetivos o actividades vayan contra las leyes que nos hemos otorgado, hay absoluto libre albedrío para llevar a cabo sus fines, sin excluir la posibilidad como asociación a realizar críticas al poder político de turno ya que el sistema de libertades lo permite, salvaguarda y potencia.

Tras la introducción, consideramos procedente delimitar someramente lo que es una asociación, que en definitiva es una agrupación de personas, tanto físicas como jurídicas, creada para desarrollar una actividad colectiva de forma estable, democrática y sin ánimo de lucro. Todo ello lleva implícito que no nos estamos refiriendo a las asociaciones que crean los partidos políticos con finalidades que escapan al sentido de estas líneas, como hemos esbozado arriba. En España está reconocido el derecho de asociación en el artículo 22 de la Constitución y se desarrolla en la Ley reguladora del Derecho de Asociación, que establece que las asociaciones se constituyen por acuerdo de tres o más personas físicas o jurídicas que se comprometen a poner en común conocimientos, medios y actividades para conseguir finalidades lícitas comunes, de interés para sus asociados o para la sociedad en general. Así, dicha ley indica que por su finalidad las asociaciones se dividen entre las que persiguen fines particulares, cuya actividad se orienta hacia sus propios miembros, y asociaciones de fines generales donde esa actividad trasciende a dichos miembros buscando favorecer a terceras personas. En cuanto al ámbito de actuación se pueden distinguir las destinadas a colectivos desfavorecidos (infancia, personas mayores, minusvalías,...); las de asuntos vecinales, que se limitan a un barrio o zona concreta; las de carácter educativo como las asociaciones de padres o de alumnos; las culturales (teatro, arte, literatura, etc.); las deportivas, destinadas a la promoción del deporte en sus múltiples modalidades; medioambientales, donde se fomenta el cuidado de nuestro entorno natural; las ONG que se destinan a la cooperación al desarrollo y a la sensibilización sobre asuntos que afectan a la sociedad; o las de tiempo libre, fomentadoras de aficiones como viajar, senderismo, amigos de los museos, etc.

Como vemos, el abanico es muy amplio sin agotar, ni mucho menos, las posibilidades. Pues bien, a medida que las actividades del ser humano abarquen más y más campos de acción, alcanzaremos muchas más finalidades. Sus límites, como hemos dicho antes, están en el respeto a las leyes y en los comportamientos lícitos. El asociacionismo, al que muchos, por no decir la mayoría de ciudadanos, pertenecemos o hemos pertenecido, cumple, pues, una esencial función social que no es solo su actividad, sus fines o sus compromisos, es también una función sociológica del entramado de nuestra sociedad y que no tiene nada que ver (o al menos no debería) con los partidos políticos, sindicatos o patronales, sino con intereses generales o particulares dentro del enorme parcelamiento que tienen los diferentes sectores sociales, abundante en objetivos y desarrollos, y que enriquecen nuestra vida diaria y que abarcan no sólo al presente sino fundamentalmente al futuro. Un futuro lleno de incertidumbre pero también de grandes retos y posibilidades donde el asociacionismo cumple con su papel de vertebrar más y mejor nuestra sociedad en beneficio de todos, así como de ayudar a su estabilidad. De ahí el gran peso que tiene y tendrá en el porvenir.