ASISTENTE VIRTUAL

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Supongo que nos marcó la figura del aristócrata con su eficiente mayordomo, o la del actor del cine con su asistente personal, esa especie de fámulo multisusos que te reserva mesa en el restaurante o te prepara el jet privado para volar hasta Las Vegas. Sólo así se explica la cálida acogida que algunos han mostrado hacia la presencia domótica del asistente virtual. Tal asistente sería el mayordomo de quincalla cibernética de la clase media con ínfulas, digo yo.

Todavía no sé muy bien para qué sirve. Le ordenas que conecte la luz, el televisor, la lavadora... Incluso te sube la persiana mecánicamente si se lo expresas porque el asistente virtual obedece sin rechistar. Estas ayudas supondrían grandes avances si fuésemos tullidos, pero de entrada se me antojan chorradas de puro esnobismo, aunque, insisto, pido perdón, me alcanzan ecos difusos y no comprendo de qué va el invento. En cambio algo tengo claro desde siempre: contar con un mayordomo, con alguien en el hogar que no pertenece a la familia las 24 horas del día, representa soportar a un testigo pagado, a una sombra silenciosa que capta todas las melodías que se cuecen en la intimidad, a unas orejas y unos ojos que registran y graban cualquier acto, cualquier desacato, cualquier discusión, cualquier alegría. Más vale, pues, asegurarse la fidelidad de ese personal pues en caso de contratiempo puede piar recio sobre los rincones oscuros que nos acompañan. Google ha confesado que, en Bélgica, escuchaba el 0,2% de las conversaciones privadas gracias al asistente personal. Por motivos lingüísticos, dicen. Ni me creo el escaso porcentaje ni la razón de su cotilleo. Nosotros y nuestras costumbres equivalen a mercancía y ellos trafican con ella. El mayordomo tradicional se conformaba con asesinar al señorito, estos prefieren extraernos el jugo.