LA ASFIXIA DEL PUERTO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Es curioso observar cómo algunos asuntos de capital importancia para el futuro de Valencia apenas generan debate o lo hacen en mucha menor medida que cuestiones de interés residual y casi anecdótico. La ampliación del Puerto y la necesidad de mejorar sus accesos es tal vez el más claro de todos ellos. El planteamiento del problema es bastante simple: con unas instalaciones que en dura competencia con las de Algeciras son las que mueven más contenedores de todo el Mediterráneo, el Grao tiene en marcha una nueva ampliación, la Norte, que puede quedar hipotecada si el recinto no cuenta con los accesos que una obra de estas características precisa. Pero ni el ayuntamiento -en manos del nacionalista Ribó- ni la Generalitat -en la que aunque las obras públicas dependen del socialista Arcadi España, las competencias en medio ambiente se las reparten entre Compromís y Podemos- le van a poner fácil al Puerto y a Fomento (si entra al trapo) la ejecución de una obra compleja y costosa. Ribó no es que no quiera apoyar el acceso Norte, es que por no querer ni siquiera está por la labor de que se amplíe la saturada V-21 por su afección sobre la huerta. En cuanto al Consell, es muy probable que el Puerto se acabe convirtiendo en un Intu Mediterráneo II, con posturas encontradas entre el sector ecologista del Ejecutivo de Puig y el más posibilista o realista.

La actual ampliación del Grao es tan discutible como la que se acometió en los ochenta y que acabó con la playa de Nazaret, transformando para siempre lo que hasta entonces había sido un barrio marinero y que pasó a ser un vecino mal atendido y peor dotado de las instalaciones portuarias. Sagunto siempre estuvo ahí, como alternativa, como el gran centro logístico que hubiera hecho innecesarios los sucesivos proyectos de Valencia. Pero ni entonces, hace más de treinta años, ni posteriormente, se tomó realmente en serio la posibilidad de apostar por hacer de Sagunto el gran puerto del Mediterráneo que es hoy el Grao. Es poco productivo -aunque conviene aprender de los errores- lamentarse ahora que ya es tarde de no haber adoptado una decisión que hubiera cambiado el futuro de las dos ciudades. Pero sobre todo, es necesario ser consecuente y si se ha dado vía libre a una ampliación del espacio destinado al tráfico de contenedores, no tiene ningún sentido asfixiarlo sin accesos en condiciones, una contradicción abocada al fracaso. A no ser que sea eso lo que se pretenda, el cuanto peor, mejor, una táctica que ya se ha empleado con el tráfico de la ciudad para convencer a los conductores (a golpe de circulación lenta) de lo bueno que sería para ellos que dejaran sus coches y utilizaran la bicicleta. Aunque aquí, la broma nos vaya a costar cientos de millones de euros.