UN ARTISTA DE CULTO

Cardells era capaz de todo con papel y un lápiz. Podía evocar con sus dibujos hasta el olor de las sastrerías y ferreterías

UN ARTISTA  DE CULTO
RAFA MARÍ

Temperatura. «Empiezas a dibujar y la fiebre corporal va subiendo de 36 y medio a 38 o 39 grados. Y piensas: Esto va mejor, el dibujo ya tiene temperatura». Son palabras de Joan Cardells con motivo de una exposición suya, titulada 'Grafito', en la galería Punto (2014). «Soy poco competitivo y no por una consideración moral, quizá sea un ejercicio de soberbia, comentaba Cardells. Uno de los mejores dibujantes españoles, extraordinario escultor y artista de culto admirado por sus colegas, falleció hace ocho días de modo fulminante. A sus 71 años le falló el corazón.

«Yo también soy así». Una vez describí a Cardells como un hombre asocial. «No antisocial», precisé, «categoría que Cardells consideraría exhibicionista, sino con tendencia a la invisibilidad». Asocial, poco amante de intrigas y grupos. Me llamó: «Una vez me dijo Ramírez Blanco que no acudía más que a sus inauguraciones y que si pudiera, tampoco asistiría a ellas. Yo también soy así».

La memoria. Dibujos con grafito. Piezas de uralita y de cartón cosido. Ollas, depósitos metálicos. La mirada urbana: alcantarillas, registros de gas y agua. En las muestras de Cardells, los espectadores poco informados quizá duden de estar en una sala de arte. Esa posible confusión divertía a Joan. «Me gusta que mis esculturas de chaquetas, pantalones y materiales de construcción recuperen mentalmente el olor de las sastrerías y ferreterías. Recuerdo esos olores y paso a pintarlos». Con papel y lápiz podía erigir todo un mundo.

Le Corbusier. «Prefiero dibujar a hablar. Dibujar es más rápido y deja menos espacio para la mentira», decía Le Corbusier. Para Cardells, el dibujo también era 'la verdad' o algo que se le parecía mucho. «Hago bodegones con mis dos mayores pasiones, lo orgánico y lo industrial», afirmaba. «En mis obras sólo utilizo grises, blancos y negros, y con esa reducida gama y sus matices intento lograr la máxima expresividad». Joan era un radical individualista (se definía así él mismo), pese a haber trabajado diez años en equipo (con Jorge Ballester formó Equipo Realidad, desde 1966 a 1976).

Grafito puro. El mejor retrato que conozco -artístico y personal- de Cardells lo hizo el escritor Salvador Domínguez en un artículo inédito suyo al que he tenido acceso: «En mis charlas con Cardells he ido conociendo su peculiar mente férrea, poco porosa, indestructible y sin embargo comprensiva y conciliadora. Una mente que impregna toda su personalidad e incluso su forma de vestir. El último día que lo vi llevaba una sola tonalidad en su ropa: el negro. Camiseta negra, camisa negra, pantalones, calcetines y zapatos negros, un remate de abrigo también negro. Por entre esa solidez oscura, sobresalía su cabeza calva y su rostro serio, como prueba de todo su interior: grafito puro. Y también sutileza y dulzura, con un fondo lírico y como de seda (...) Cardells es un hombre cabal, un caballero hecho de roca pura e ineludible honestidad».

Domingueros. Las palabras de Cardells sobre los pintores domingueros revelan su ética, manifestada siempre sin truculencias: Representan el placer de pintar. Respeto mucho a los pintores domingueros. Si hay alguno pintando en un jardín, me acerco a mirar, pero sin detenerme, no quiero molestar».

Rafael Solbes. El afecto por los pintores domingueros me trae a la memoria una confidencia que me hizo Rafael Solbes (1940-1981), componente de Equipo Crónica, en uno de nuestros viajes al sur de Francia para ver películas prohibidas por el franquismo: «Envidio a los pintores domingueros. Ellos pintan por placer, sin obligaciones. Yo lo hago porque es mi oficio».

IVAM. Cardells me dijo en 2014 que al año siguiente iba a exponer en el IVAM. La exposición aún no se ha hecho. Pregunto a la dirección del museo el motivo de esa postergación. Respuesta: «Al final de la etapa de Consuelo Císcar hubo una propuesta de hacerla, pero no se pudo porque terminaba su etapa de dirección y al estar convocado el concurso internacional para la selección del nuevo director, el Consejo Rector de entonces no aprobó esa exposición para no condicionar el programa de quien fuera a dirigir el museo una vez concluido el concurso».