ARRÒS SOCARRAT

J. C. Ferriol
J. C. FERRIOLValencia

El conseller de Hacienda, Vicent Soler, anunció al pasado jueves que dejaba su escaño de diputado en Les Corts para centrarse en la reforma del sistema de financiación autonómica. De la decisión sorprende tanto la forma de realizar el anuncio -una convocatoria urgente apenas unas horas antes de oficializar la renuncia- como el motivo alegado. Porque la reforma de la financiación sigue siendo la gran olvidada del debate político. Si Sánchez e Iglesias continúan empeñados en ver quién gana esa carrera de terquedad en la que están inmersos, y el próximo 10 de noviembre se celebran nuevas elecciones generales, la discusión sobre la nueva financiación no comenzaría -suponiendo (que es mucho suponer) que de esos comicios sí que pudiera pactarse un nuevo Gobierno- hasta después del verano del próximo año. De manera que sin una fecha fija para empezar a hablar de la cesta de impuestos, del criterio de población, del fondo de suficiencia y del de competitividad, que el responsable de las cuentas autonómicas diga que deja el escaño por ese motivo resulta al menos sospechoso. Soler es catedrático de Economía Aplicada y director del Departamento de Estructura Económica por la Universitat de València. Accedió a la conselleria en 2015 con el objetivo de poner orden en las cuentas autonómicas y presionar para que la reforma de la financiación fuera una realidad. Ha tenido que lidiar, un año sí y otro también, con las siempre complicadas negociaciones con los socios de Gobierno por los presupuestos de la Generalitat. Lograr que se aprobaran los del año en curso, cuando todo hacía suponer que a Compromís y Podemos les interesaría bloquearlos, es mérito suyo. Pero Soler también es el de los ingresos ficticios. El conseller que ha aceptado cada año incorporar a las cuentas 1.300 millones a sabiendas de que no los recibiría. Una reivindicación política, se ha dicho, pero una auténtica aberración en términos de credibilidad presupuestaria. Soler no ha querido o no ha podido ponerle el cascabel al descontrol en el gasto que el primer Botánico impuso a su gestión. Tampoco lo ha hecho en este segundo Consell, más amplio, con más aparato y más gasto. Cuando ha llegado la hora de la verdad, cuando ha sido necesario efectuar recortes porque las cuentas se han demostrado imposibles de cumplir, el titular de Hacienda ha tenido que aceptar que la bola de nieve no podía seguir creciendo. Compromís le ha retratado como el conseller de los recortes, incapaz de plantar cara, si quiera de forma testimonial, al Gobierno central. Y Puig ha dejado que se socarrara. Soler ha desubierto que su buenismo, su todos a una, su 'fem país', se resquebrajaba ante una eventual convocatoria anticipada de generales. El fuego amigo, esta vez, lo tiene en casa.