ARROJAR LA TOALLA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Durante las vacaciones rebajo mis constantes vitales a esos mínimos de hibernación empleados por Drácula cuando se hundía en su confortable ataúd. Leo, duermo, como, duermo, meriendo, luego duermo otro poco y, de vez en cuando, asomo el morro por la playa populosa que me acoge benevolente todos los años para lanzar un amodorrado vistazo. Practico tal ahorro de energía que el movimiento ajeno me causa asombro.

Contemplo el mar por aquello del sosiego que imprime y luego observo la humanidad que allí reposa. ¿Reposa? No, no todos optan por el descanso. He descubierto que, a primera hora de la mañana y última de la tarde, acude un grupo de personas de varias edades que bajo la férula de un monitor, un entrenador o un director gimnástico, se divierte, quiero suponer, acometiendo diversos ejercicios que en principio resultan beneficiosos para el cuerpo. El que ordena las evoluciones luce camiseta naranja y va armado de un silbato. Les cultiva el físico mediante golpes secos de ese silbato y la pandilla obedece porque entienden que les regala salud y eso implica cierto sacrificio así como cierta sumisión. Llevo un par de días controlando ese esfuerzo que se despliega ante mis ojos legañosos y encuentro un no sé qué entrañable en esa cuadrilla que representa nuestra raza. Siento especial debilidad por el gordito que colocan al final de la fila, acaso por la inevitable conexión que se establece entre los marginados de diversos pelajes. El pobre se esfuerza, intenta saltar en sincronía con el resto, cumplir con la tanda de flexiones y abdominales, pero no lo consigue y percibo sus ondas telepáticas transmitiendo tristeza y fracaso. Es el patito feo que rechazan. Ayer no le vi. Sospecho que ha arrojado la toalla. Esta noche saldré, si le veo le invito a copas y pitillos. Espero que se deje corromper.