La arquitectura, ¡también!

La arquitectura, ¡también!
d. torres

Los valencianos ya no comerciamos con la seda, pero nos fascina la Lonja. Ya no necesitamos baños en el mar para el reuma, pero -¡ay!- todos recordamos el balneario de las Arenas. Conventos y escuelas religiosas son hoy museo de arte contemporáneo en el Carmen o de Bellas Artes junto al río. La cubierta del mercado de Colón cobijaba en su día puestos de flores y comida, y ahora nos reunimos allí para un aperitivo primaveral. El valor de la arquitectura, y más en determinados puntos de la ciudad, es independiente de su uso, trasciende a las personas que participaron en su realización y en definitiva se distancia de su contexto social. Por tanto, la arquitectura es un bien cultural como han reconocido de manera pionera algunas iniciativas legislativas de nuestro entorno, y bien haríamos para nuestro progreso como sociedad en aceptarlo convencidos. No parece nuestro caso, porque, ¿cuánto pesa el valor de la arquitectura en algunas de las operaciones más relevantes y recientes en nuestra ciudad?

Las contadas muestras de arquitectura que alguna institución profesional o pública propone ocasionalmente, representan un esfuerzo considerable por salvar la brecha que tradicionalmente ha separado la cultura arquitectónica, a menudo ensimismada, de la sociedad. Es una tarea titánica y muy necesaria. Esta desconexión es proporcional a la irrelevancia de las consideraciones arquitectónicas en muchos de los procesos urbanos a los que asistimos. Sucede en los impulsados por la iniciativa privada, pero también en la ponderación de la calidad en muchos concursos públicos bajo el pretexto legal de la falta de criterios mesurables, como si la calidad de los edificios fuera una cuestión de cosmética: la operación del viejo Mestalla, el nuevo estadio de baloncesto, propuestas de toda condición en la Marina... No prejuzgamos el valor de estas operaciones, castigadas además por la lentitud de los procedimientos, ni su conveniencia, ni su oportunidad social, ni siquiera la calidad de los proyectos propuestos. Cuestionamos que precisamente en espacios y proyectos tan emblemáticos no se valore, como garantía de uso social, la mejor arquitectura. Dentro de 100 años, es posible que nadie recuerde la motivación inicial, el promotor, el constructor, el arquitecto, pero disfrutaremos de unos edificios que habrán sabido mejorar la ciudad y la vida de las personas o -y ocurre demasiado a menudo- los sufriremos por mucho tiempo. Arquitecturas de franquicia que están aquí o en Sebastopol a las que no les preocupa el lugar, mal orientadas, sin ninguna aportación técnica sustancial, y sí, feas, muy feas, porque de gustos hay mucho escrito.

Es un problema de fondo, pero también de lenguaje y comunicación, de ahí la relevancia de iniciativas como las de esta semana del Open House y de exposiciones como las de Goerlich o de la Feria de Primavera del Colegio. Conviene afrontar este conflicto con rigor porque no hay que confundir un slogan o la vacuidad de una imagen, hoy tan devaluada, con la calidad. Un render -los famosos 3D- no es arquitectura, no es suficiente y suele ser engañoso. La ópera de Sydney se valoró sin una sola imagen, por su contenido y brillantez, y luego se ocuparon de su divulgación. La paradoja es que en la era de la información, del big data, nuestra capacidad de análisis, en definitiva, el conocimiento de la cosa, queda cada vez más lejos. «La vida actual no invita a pensar» decía la semana pasada en Barcelona Sloterdijk.

La arquitectura, como escenario de la ciudad y generador de contenidos, cuenta. Lo dice el sociólogo Richard Sennett en el último libro de su reciente trilogía sobre la cultura material, 'Construir y habitar. Ética para la ciudad'. Si queremos entrar en el club de las skill cities, es condición necesaria: debe contar. Como también lo será la agilidad de los procesos administrativos, el impulso a la emprendenduría, la creatividad, la movilidad sostenible, las infraestructuras, la cohesión territorial...pero empecemos por aquí y seamos exigentes: concursos, procesos selectivos, debates, comisiones de calidad, arquitectos reconocidos en jurados y también en las corporaciones, como tienen tantísimas ciudades de nuestro entorno tanto en España como en Europa.

«La arquitectura, ¡también!». También cuenta. Recogemos el mismo título que el de la reciente exposición en la Cité de l'Architecture et du Patrimoine de París sobre el 50 aniversario de mayo del 68. Y es que fue un movimiento social y político que tuvo su eco en la arquitectura tanto en la profesión como en la academia, en un constante camino de ida y vuelta. Política y arquitectura van allí de la mano. Aquí y en lo que más nos atañe, tendremos ocasión -o no- de debatir sobre ello en los próximos días de campaña para las municipales. Pero no se puede quedar en eso, en un debate general sobre modelos de ciudad o en una colección de propuestas más o menos acertadas u ocurrentes. Proceden acciones concretas en favor de sistemas que garanticen la calidad arquitectónica en todas sus fases y una toma de consciencia efectiva sobre la responsabilidad que implica construir en la ciudad. Porque la arquitectura es de todos, de quien la promueve y de quien la valida, de quien la piensa y de quien la habita. Pero también de quien tan solo la mira.