Las armas son un fracaso

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Vaya por delante que considero que las mejores armas son los libros, las películas, la música. La cultura, en todas sus extensiones, es un material infalible para defendernos de peligros exteriores. El resto de armas simbolizan el fracaso: el de la conversación, el del debate, el de la razón, el del respeto a la diferencia, el de la concordia. ¿Cuántos muertos más precisan países como Estados Unidos para cambiar su regulación? Allí donde no llega la capacidad para convivir y para intentar alcanzar acuerdos con los que piensan diferente a nosotros aparecen las pistolas. Férreas, desafiantes, mortales. Se imponen a tiros. Las armas son una amenaza, crean tensión, generan inseguridad, agitan el miedo. No son buenas compañeras de vida por mucho que a veces sirvan de parapeto y otorguen cierta sensación de seguridad.

No soy un ingenuo. Soy consciente de lo complicado que resulta asegurar la paz y el entendimiento en nuestra sociedad. Tampoco me caracterizo por creer en las utopías ni en los escenarios idílicos (e irreales). Ya me gustaría a mí, pero no soy así. Por todo ello comprendo y admito que deban existir fuerzas que velen por mantener el orden, eso que quede claro. Lo digo antes de que me disparen por mis lamentaciones. Ya vengo disparado. Hace tiempo que asumí que en eso hemos fracasado como civilización. Ahora bien, no creo que esto justifique que cada cual tenga su arma, que administre la justicia por su cuenta. No estamos faltos de pistoleros.

El último en llegar a la política, a falta de mensajes mejores, ha recurrido a las balas. Como no se le conocen propuestas elaboradas en materia de trabajo o de sanidad dispara con un tema que en España se mantenía sanamente zanjado. Es el precio de tomar como referente a Trump. Por cierto, alguno de los que han aplaudido que el magnate sea presidente de Estados Unidos debería explicarnos a estas alturas en qué ha mejorado la vida de los norteamericanos desde que este es inquilino de la Casa Blanca. Ese bluf se está deshinchando como lo hará el del líder de la ultraderecha que nos ha tocado por estos lares.

Abascal no concede entrevistas a los medios de comunicación convencionales, no vaya a ser que le pongan contra las cuerdas los periodistas. Pero encuentra otras vías para difundir su mensaje -de eso no hay duda, como prueba este artículo-. Ahora aboga por que los españoles «sin antecedentes y en pleno uso de sus facultades mentales» puedan disponer de un arma en su casa. Y matiza que lo considera una medida urgente «para que puedan usarla en situaciones de amenaza real para su vida sin tener que enfrentarse a un infierno judicial, a penas de cárcel o incluso a indemnizaciones a los familiares de los delincuentes que les asaltaron». No solo no nos resuelven los problemas que ya existen sino que quieren crear otros nuevos. Deberíamos callar, pero a veces es complicado.