Los árboles ya no mueren de pie

FERRAN BELDA

Los árboles morían de pie en tiempos de Alejandro Casona, un dramaturgo cuyas obras, como las de tantos otros, ya no se representan. Desde que los fondos europeos permitieron a los ayuntamientos dilapidar el dinero en picos, palas y azadones, los árboles mueren como el sándalo: perfumando la motosierra que los tala. Tal es el gusto que la mayoría de los concejales de parques y jardines le han tomado a la sustitución de especies arbóreas. Los cambios de gobierno ya no sólo se traducen en leyes de educación. Comportan una renovación de la flora urbana. Repasen mentalmente lo que han visto, oído o leído sobre este particular y se convencerán de que no exagero. No hay nadie más partidario de la eutanasia eugenésica y económica en este país que un edil de Medio Ambiente, valga el contrasentido. Entre que los viveristas no han podido conseguir todavía variedades con la obsolescencia programada y que los contratistas son asaz convincentes, la decretan ellos por la vía rápida. Al árbol que no le dan el matarile para que no sufra porque está enfermo, se lo dan porque el alcorque se le ha quedado pequeño o ha llegado a una edad en que lo mejor que se puede hacer por él es pegarle un tajo y transformarlo en leña. La cuestión es no mirarlos como lo que son -plantas que precisan años para desarrollarse- sino como mobiliario urbano-. La fundada sospecha de que el Ayuntamiento de Valencia se disponía a talar todas las moreras de fruto existentes en la ciudad -3.873, según el catálogo municipal, 2.756, según el último anuario estadístico- levantó una gran polvareda en enero de 2016. Debate que la responsable de dicha medida, Pilar Soriano, una de las más destacadas figuras de esta tendencia arboricida, cortó por lo sano, como no podía ser de otro modo en una leñadora vocacional. Tras reunirse con la empresa adjudicataria de este drástico servicio aseguró que «únicamente» abatiría 1.400 ejemplares y no porque sí, sino porque a su edad, entre los 40 y los 50 años, «habían superado con creces» el ciclo vital de esta especie. Una «esperanza de vida» que la edil tuvo además el cuajo de cifrar entre los 25 y los 30 años, cuando se da la casualidad de que las moreras alcanzan los 120 y los 150 de lo más pimpantes. El caso es que, incomprensiblemente, la polémica no fue a mayores. Y tres años después nos encontramos con que esta misma regidora acaba de conseguir que el concejo le apruebe la compra, «de manera provisional» (sic), de una nueva remesa de arbolitos. 3.200 ejemplares de 86 especies distintas, tres de ellas nuevas en esta plaza, para ser exactos. El porqué lo explicó ella hace apenas unos días. Por si alguna duda existía acerca del valor que le otorga a lo que en cualquier cultura es símbolo de vida, Soriano informó de que sólo durante 2018 desmochó la friolera 936 árboles callejeros de toda clase y condición.