AQUELLOS VERANOS

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Sólo teníamos la calle a nuestra entera disposición. Nada menos. La calle y con suerte alguna bicicleta básica. Todavía no habían inventado los videojuegos, ni los telefonillos, ni internet, ni nada relacionado con la realidad virtual. Por lo tanto, durante estas fechas, cuando los padres se refugiaban en su habitación para la siesta, nosotros tomábamos la calle y desde allí maquinábamos aventuras disfrutando de una libertad ilimitada. Nadar en el río Júcar suponía el colmo de la diversión porque lo teníamos prohibidísimo. Los progenitores nos contaban historias de chavales ahogados por culpa de pérfidos remolinos y esas advertencias sólo espoleaban nuestras ansias de peligro. Imagino que hemos sido la última generación en emular a Tom Sawyer y a Huck Finn. Pero quizá, buceando en el túnel de la memoria, lo mejor de todo era que no existía la aplastante corrección política. Así, al gordo de la pandilla se le llamaba directamente «gordo» sin incurrir en tristes eufemismos. El más bajito era «el nano». El más moreno era «el negre». Y al cabezón se le conocía por «cabezón». Hoy nos habrían acusado de racistas, torturadores mentales y futuros asesinos. Pero en aquel tiempo todos asumían sus motes y nadie se enfadaba.

Nunca olvidaré lo que el gordo le soltó un día al cabezón durante una tarde de piques verbales... «Si tu cabeza fuese un diamante España estaba salvada...», le dijo. Me asombra que con sólo doce años estallase tal alarde de ironía y mala leche. Implicaba, además, que entendíamos la situación económica de aquella España de la Transición y su eterna crisis, pues España, incluso para nuestra infantil comprensión, siempre padecía una ruda crisis salvo por las excepciones de algún paréntesis de oasis artificial. Ni videojuegos ni telefonillos. Sólo la calle y mucha libertad. Nada menos.

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