AQUELLOS SERENOS

Mª ÁNGELES ARAZO

La noche avanzaba en Morella. Muy pronto se reunirían los serenos en el retén. De la percha colgaban los capotes y las gorras; las lanzas se apoyaban en la pared, muy cerca del brasero que encienden con el primer frío de otoño.

Recuerdo a Carlos Sabaté, que se había jubilado ya. A los sesenta y siete años aún salía a cantar las horas y el tiempo por las esquinas de la ciudad dormida.

-Se rompe la voz en el Ayuntamiento -me contó-. Cada uno de nosotros dice allí tres veces «Alabado sea Dios».

Un sereno para la parroquia de San Juan, otro para la de San Miguel y un tercero para la iglesia arciprestal. El recorrido lo hacían con frecuencia. Volvían a exclamar «Alabado sea Dios» y a continuación decían la hora y si el cielo estaba nublado o raso.

Carlos Sabaté terminaba de beber una copa de coñac y estaba contento, orgulloso de su misión.

-Porque el sereno, ¡recoña..!, además de cantar las horas, avisa al médico cuando hay un enfermo, o va a la farmacia a comprar medicamentos, o vela a los muertos una o dos horas.

A él no le bastaba permanecer junto al cuerpo inerte; se prestaba a vestirles, porque ponerles un hábito -decía- es de lo más sencillo. «En después, la familia me da una propina, unas galletas y algo de beber».

A Carlos Sabaté lo único que le impresionaba era un suicida.

-En este terreno -añadió- les da por colgarse de lo alto de la escalera, de un árbol, de un balcón... A mi me han dicho que en otras partes se echan al pozo, pero aquí como no hay...

Reía recordando el susto que se llevó la primera vez que descubrió a uno de esos desesperados. «Claro que si uno es viejo, ya no le importa nada».

Por la noche voceaba las jaculatorias con puntualidad cronométrica. Durante el día marchaba al campo.

-A ganar el jornal que me pide la mujer.

Y siguió sonriendo mientras me enseñaba muy ufano la lanza de sereno.

-No sé para que nos dan esto, porque lo que es clavarla a alguien, eso sí que no lo hago.

¡Alabado sea Dios!