De aquellas mentiras, estos recortes

Andábamos metidos en lides preelectorales, y tocaba sacar pecho: algo demasiado perentorio como para preocuparse de que las cuentas fueran luego a cuadrar

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Se lo dijimos una y mil veces. De palabra y por escrito. A través de los medios y desde la tribuna del parlamento. Pero no sirvió de nada: fieles a aquella vieja máxima del mal periodista de no dejar que la realidad arruine una buena noticia, los políticos del Botànic I no quisieron que la incertidumbre política y la recesión económica que ya entonces se adivinaban les echaran a perder un titular tan suculento como que los del 2019 iban a ser «los presupuestos más sólidos, abiertos y expansivos» de la historia del autogobierno valenciano. Y a esa piscina se lanzaron, sin tomarse la molestia de comprobar si había o no agua en ella.

Los discursos de Puig, de Oltra y de Soler rezumaron durante aquellos meses de 2018 cifras a cada cual más apabullante. 22.096 millones de euros, un 10% más que el ejercicio anterior; con un incremento del 33% en Vivienda -incluyendo 40 millones para viviendas sociales-; y un 28% más en políticas sociales -más de 1.500 millones de euros, casi 300 por encima del ejercicio 2017.

Para Educación, más de cinco mil millones, 289 de ellos para la construcción de nuevos centros. Y así ad infinitum. «La Generalitat invierte, cada día, 37,5 millones de euros en gastos sociales» diría Oltra; 26.000 euros por minuto, calculé yo. «Hemos hecho la cuadratura del círculo», se ufanó Soler.

Y ahora resulta que nada de eso va a llegar a «la gente». Las previsiones de ingresos del Consell -esos mil y pico millones ligados a la reforma del modelo de financiación, más los que suponía iba a recibir por conceptos como la revisión del IVA, el coste de la dependencia, la atención a pacientes de otras autonomías o los ingresos por la liquidación de los hospitales público-privados- han ido fallando una tras otra, abocando al Consell a una rectificación en toda regla de sus políticas, cuando aun quedan casi cuatro meses para el cierre del ejercicio presupuestario.

Se dirá -de hecho, se está diciendo ya- que la culpa de todo la tiene la paralización de los procesos decisorios generada por la falta de gobierno en Madrid, de la que los valencianos somos víctimas inocentes. Pero la falacia es aquí doble. De entrada, porque quienes con su tacticismo cortoplacista están bloqueando la conformación de un Gobierno en Madrid no son extraterrestres llegados de otros mundos, sino los máximos responsables de los mismos partidos que aquí se quejan airados de las consecuencias de ese bloqueo. Pero, sobre todo, porque tener amarrados los ingresos antes de atreverse a comprometerse con los gastos constituye el abecé no ya de cualquier economista solvente, sino de la más humilde economía familiar.

Pero claro... andábamos metidos en lides preelectorales, y tocaba sacar pecho. «Rescatar personas» era algo demasiado perentorio como para preocuparse de que los ingresos fueran a llegar y las cuentas a cuadrar. Se estaba haciendo Política -¡o incluso Historia!-, no matemáticas. Y ahora, de aquellas mentiras vienen estos recortes.