ALGO HAY QUE HACER CON LAS APUESTAS DEPORTIVAS

Es obsceno que el Gobierno permita que nos bombardeen con anuncios que buscan viciar a los jóvenes

FERNANDO MIÑANA

Recuerdo de niño que la gente se compraba un polo, tiraba el envoltorio al suelo y se marchaba dándole chupetones tan ricamente. Recuerdo también, ya de adolescente, que los equipos de la Liga ACB tenían nombres como Ron Negrita Joventut o Licor 43. No se me olvida tampoco que la única época en la que seguí la Fórmula 1, el Lotus de mi admirado Nelson Piquet era como una cajetilla de Camel y que el odioso Alain Prost llevaba una publicidad de Marlboro que le ocupaba la mitad del mono.

Tengo más recuerdos. Muchos más. Como aquel viaje a Estambul con el Pamesa que me pasé todo el vuelo leyendo los periódicos y fumando cigarrillos. O los tiempos en los que los trinquetes apestaban a caliqueño. O la lata de cerveza bien fresquita en Mestalla para lubricar el bocata. O cuando los cuatro gatos que seguíamos el maratón de Valencia hacíamos una parada y la gente de Correcaminos abría el maletero y sacaba unas botellas de vino para alegrar el almuerzo.

Y casi todo aquello, más allá de haber tenido la virtud de romper con mi adicción a la nicotina, uno de mis grandes triunfos vitales, me resulta tan extraño ahora a ojos de 2019...

Tengo un amigo que entrevistó a Martín Fiz y Abel Antón, dos leyendas, los dos mejores maratonianos de nuestra historia, uno a cada lado, con el cigarrillo humeante encajado en el cenicero encima de la mesa. Y, entre pregunta y pregunta, mientras aquellos dos atletas en activo respondían, cogía, le daba una calada y soltaba una vaharada que les daba en toda la cara. No sé cómo se lo tomaron. Pero Martín Fiz, por ejemplo, era un corredor que, antes de una carrera, evitaba las calles de Vitoria que tenían una pastelería para no caer en tentaciones que pudieran sumar unos gramos mortales en la agonía.

Todos nos hemos preguntado alguna vez cómo era posible que se pudiera fumar en trenes o aviones. Y hasta en los cines. O que un club deportivo tomara el nombre de una marca de ron. O de ginebra, como un equipo de atletismo que hizo historia. O que los pilotos corrieran promoviendo el consumo de tabaco.

Toda esta reflexión me sobrevino esta semana. Yo, que tengo más manías que un torero, que no puedo ver un partido de mi equipo sin usar los vasos de la suerte, a los que les debo más gratitud que al celebérrimo gol de Iniesta, no puedo soportar a los comentaristas de TVE, así que vi las semifinales de la Copa del Rey en Gol. Y eso significa que te tienes que tragar un anuncio de apuestas deportivas detrás de otro. Es un bombardeo obsceno. Inadmisible por un Gobierno que parece mirar para otro lado mientras silba una tonadilla pegadiza.

Pero entre mis recuerdos también está un reportaje que firmé hace dos años en el que hacía un retrato de las apuestas deportivas en España. De las compañías que te regalaban doscientos euros, ¡doscientos!, para iniciarte... y engancharte para siempre. Alguien me contó entonces que el 90% de los jugadores perdía el dinero invertido. Está claro que es una apuesta ganadora para la industria.

No es ninguna broma. No es fumarte un puro en una boda. No es tomarte un chupito después de una cena con los amigos. No es dejar el zurullo del perro, o la dichosa meadita, haciéndote el bobo. Es arruinar tu vida. Y la de tu familia.

Para montar aquella historia hablé con Roberto, un gallego de mediana edad que empezó gastándose unos euretes apostando a quién ganaba un partido de la Liga o de la Champions. Que no mucho después empezó a sacar billetes de 20 y de 50 de la cartera. Y que acabó apostando de manera compulsiva a los deportes más insospechados. Una carrera de galgos, el Grand National, lo que fuera... Por la noche se ponía alarmas para apostar en la NBA. Y por el día, nada más despertarse, lo primero que hacía era pensar en qué invertir el dinero ese día.

Cuando se acaban las reservas, empiezas a pedir dinero a los amigos, luego a la familia, y cuando ya los has esquilmado, avergonzado, con los remordimientos atormentándote día y noche, robaba lo que cobraba para la empresa y se escondía, buenas caras, bebidas gratis, en las casas de apuestas. Las derrotas traían frustración, discusiones, intentos de suicidio. El deporte, a diferencia del bingo o la ruleta, tiene la particularidad de que el joven, que en su edad está creer que sabe de todo, domina la apuesta porque controla mucho de fútbol... Espero que algún día esto también sea un recuerdo asombroso.