Apagones

Mientras hubiera pilas, había esperanza. Ahora no poder cargar el móvil es un terrible tsunami emocional

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Me lo recordaba una amiga ayer mismo y de pronto me vino a memoria una imagen de la infancia. Los apagones. Ella me lo decía porque vive en la Russafa profunda y los vecinos no dejan de comentar cómo han ganado en calidad de vida desde que no se programan los clásicos espectáculos de luces. Es cierto que para los visitantes era maravilloso ver el juego de luz y música en Cuba o Puerto Rico pero quienes viven allí, me decía mi amiga, sabían que desde las ocho de la tarde a las doce de la noche estaban 'bunkerizados'. Ni salir del patio podían en pleno espectáculo. Ni cruzar al súper para comprar algo de cena.

Pero, además de la concentración exagerada de personas en tan poco espacio, había una constante: apagones durante largos ratos. Sospechaban que posiblemente se debía al consumo de luz multiplicado exponencialmente por los miles de bombillas falleras, pero lo cierto es que se producían. Ella me decía: «¿Cómo hemos podido vivir así durante años?». Vivir con apagones era frecuente en mi infancia. Tanto que mi madre nunca perdía ocasión de acudir a la parroquia el día de la Candelaria, no solo por fe, sino por llevarse la vela que dan «para las tormentas», decía ella. En realidad era para muchos otros momentos en los que, sin avisar y sin venir a cuento, se iba la luz en casa. Teníamos a mano las velas, muy finitas pero efectivas para meterlas en cualquier bote de conservas vacío y poder cenar o acostarnos sin percance alguno. Lo conservaba en la cocina, cerca del mechero con el que encendía el fuego para no andar buscando a tientas en el momento más inoportuno. De eso, los milenials no saben nada. Ellos -y nosotros ahora- todo lo arreglan con la luz del móvil. Ya no hay miedo a la oscuridad repentina sino a la ausencia de red por culpa del corte de luz. Entonces nos quedábamos sin tele pero no había 'horror vacui' como ahora. Hablábamos. Escuchábamos el silencio. O sencillamente echábamos mano de ese transistor que no nos abandonaba nunca. Mientras hubiera pilas, había esperanza. Ahora no poder cargar el móvil es un terrible tsunami emocional.

Por eso pensé en Venezuela, en una vida sin electricidad por el pulso entre dos poderes que resuelven su ambición a costa de los más indefensos. Aquí ya vivimos con sorpresa el corte de luz, como pasó el otro día en el centro de Valencia. Es extraño. Nada que ver con esa infancia, hecha a la oscuridad repentina sin explicaciones de las compañías eléctricas ni angustia especial en casa. Familias que habían vivido la guerra nada tenían que temer ante el racionamiento de eso que hoy nos parece más elemental que el pan de cada día: la electricidad. Acostumbrarse a vivir sin depender ni siquiera de eso es una lección de vida que nunca agradeceremos lo suficiente a los abuelos que sufrieron la posguerra. Lo de Venezuela es su propia posguerra y, como la nuestra, dejará heridas, lecciones y muchos muchos damnificados.