Antitauromaquia versus tauromaquia. Compasión versus crueldad

Antitauromaquia versus tauromaquia.
Compasión versus crueldad
e. n. c.
ELENA NEGUEROLES COLOMER

A principios de agosto leí en estas páginas una idílica descripción de la tauromaquia firmada por José Salcedo. Ante tan complaciente mirada sentí la imperiosa necesidad de rebatir sus alabanzas desde la mirada opuesta, la de alguien que sólo puede ver en ella el innecesario sufrimiento causado a una víctima inocente.

Comienza el Sr. Salcedo destacando el valor cultural de la lidia y recalcando la semejanza entre los cosos taurinos y el coliseo romano. Todas las costumbres y tradiciones forman parte de la cultura popular, pero no todas son dignas de mantenerse. Para evolucionar hacia una sociedad justa y solidaria, es imprescindible eliminar las que están basadas en el maltrato. Respecto al parecido entre los cosos taurinos y el coliseo romano, donde gladiadores y fieras se despedazaban para regocijo de la plebe... ¡no puedo estar más de acuerdo!

Afirma después que «los animalistas consideran esta tradición obsoleta y denigrante para el animal». Obsoleta por supuesto, pero a quien denigra es a la sociedad que la tolera, no al animal que la padece.

Continúa su disertación tachando de necio al que niegue que el torero posee valor. El valor que en lugar de utilizarse para hacer el bien se utiliza para hacer daño no merece admiración sino desprecio.

«Una corrida de toros es algo muy hermoso», proclama. Una corrida va indisolublemente ligada a la tortura de un animal y ante esa evidencia es irrelevante que te parezca hermosa o patética.

«La existencia del toro de lidia preserva su riqueza genética y la supervivencia de las dehesas», asevera. La tauromaquia no es necesaria para la supervivencia de nada ni de nadie. Las dehesas se transformarían en reservas naturales, autofinanciadas turísticamente, en las que toros y vacas -cuyo ADN es exactamente el mismo- vivirían en libertad, junto a otros animales.

Compara seguidamente la vida de los toros de lidia con la que padecen los animales explotados en ganaderías intensivas. Todos los animales deberían vivir en condiciones dignas y morir sin sufrimiento y es nuestra responsabilidad velar para que sea así. Dicho esto, que unos vivan mal no es excusa para castigar con una muerte horrible a los que han vivido mejor.

Asegura que «el mundo del toro respeta las críticas con silenciosa discreción». Los partidarios de la tauromaquia soportan las críticas porque no pueden impedirlas, del mismo modo que sus detractores soportamos, con pena e impotencia, espectáculos retrógrados y sangrientos -llámense corridas o festejos pueblerinos-, vergonzosa secuela de la España atrasada y embrutecida de Fernando VII, el sátrapa que clausuraba universidades mientras abría escuelas taurinas.

Valora especialmente la verdad del mundo taurino en el que «no hay fingimiento posible, en el que el diestro expone su pecho al toro y roza su cuerpo con el del animal». La lidia es un combate innoble y desigual, plagado de falsas apariencias. Los caballos de los picadores salen con las cuerdas vocales cortadas para que sus lastimeros relinchos no hieran la sensibilidad del «respetable» y los toros son frecuentemente manipulados para que los toreros corran menos riesgos: les administran lavativas y les golpean con sacos terreros para debilitarlos, untan sus ojos con vaselina para empeorar su ya de por sí deficiente visión, engrasan sus pezuñas para que resbalen, dificultan su respiración taponándoles la nariz con estopa, afeitan las puntas de sus astas...

Como pacífico rumiante que es, el toro sólo aspira a huir, evitando el enfrentamiento y únicamente ataca si le hostigan y no encuentra una salida. A pesar de su capacidad para sufrir -su sistema límbico de vertebrado superior es similar al humano- le cuesta reaccionar porque está paralizado por el miedo. Para que salga a la luz cegadora de la plaza desde la oscuridad donde ha estado recluido le clavan el arpón de la divisa que le empuja a salir con brío tratando de librarse de esa quemazón. Y a partir de ahí se encadenan las agresiones que intensifican su sufrimiento, su miedo y su desconcierto, derramando su sangre y debilitándolo cada vez más: le destrozan los músculos del cuello barrenándolo sin piedad con la pica y le desgarran los lomos con las banderillas, provocándole sin tregua nuevas heridas para que no cese de resoplar y correr de un lado a otro, confundido y asustado, en busca de una inexistente escapatoria y el público interprete su desespero como bravura.

Sólo la muerte lo libera de ese calvario, pero casi siempre ha de aguantar varias estocadas hasta que su verdugo consigue atravesarle el corazón.

A veces, estando todavía agonizante, se le amputan orejas y rabo si el juez -cual Nerón de pacotilla- saca su pañuelo para conceder tan macabros trofeos. Esa es, para mí, la amarga «verdad» de la arbitrariamente llamada Fiesta Nacional.

Compadece a los toreros «por las renuncias y sacrificios que conlleva su carrera». Cualquier profesión exige sacrificios y renuncias, pero el torero elige estar en el ruedo y casi nunca se deja la vida en él. En cambio el toro es arrastrado contra su voluntad a una encerrona donde inevitablemente le esperan la tortura y la muerte.

Por último, atribuye a la tauromaquia: «una extraordinaria riqueza cultural, social y económica». Cuestionando la supuesta riqueza económica de una actividad que exige continuamente subvenciones, le responderé con una frase de Cicerón: «La sola idea de que una cosa cruel pueda ser útil es ya de por sí inmoral».