Añada del 68

PEDRO PARICIO AUCEJO

Una parte sustantiva de la sociedad española ha tenido la impresión de que el fenómeno de la violación grupal es algo reciente, excepcional y vinculado a lo acaecido en Pamplona durante los Sanfermines de hace tres años. Pero la percepción social de estos hechos ha ido cambiando desde que, poco a poco, se fue difundiendo en distintos medios de comunicación la investigación periodística llevada a cabo por Ángeles Escrivá en su crónica 'Anatomía de las 101 manadas', publicada en el diario El Mundo.

En ella se constata que, de julio de 2016 a marzo de 2019, han actuado al menos 101 manadas en nuestro país, participando en ellas más de 350 hombres. Estas cifras abarcan únicamente aquellos casos que han sido publicados por la prensa, de modo que deben tenerse en cuenta también los que no han trascendido a los medios de comunicación e incluso los que ni siquiera fueron denunciados. Se evidencia así parte de la realidad de una monstruosidad de la que se desconoce su verdadera dimensión, pues administrativamente no consta como problema. Ello significa que ningún Gobierno ha considerado que fuera lo bastante preocupante como para elaborar estadísticas específicas y plantearse su resolución.

Ante la alarma social generada, los expertos consultados para explicar estos sórdidos desafueros han argumentado toda una diversidad de causas y han urgido a una inaplazable toma de medidas ante lo que califican como rotundo fracaso humano, educativo y social, que va más allá de lo sexual. Resulta especialmente llamativo que los autores de estos delitos no los perciban como tales y, al no concebirlos como agresiones, no asuman el daño que causan ni manifiesten temor a las consecuencias penales. Más aún, en el caso de los menores, sus ejecutores pertenecen a todos los estratos sociales, siendo jóvenes normalizados y sin antecedentes delictivos.

Junto al parecer de psicólogos, sociólogos, juristas y demás peritos en este tipo de conductas, a cualquier observador con sentido común y cierta experiencia de vida le vendrá a la cabeza que las nuevas generaciones no han surgido de la nada. Tendrá que pensar que las que les precedieron tuvieron en sus manos todas las fases de su socialización por medio de los distintos agentes encargados de ella, desde la familia y la escuela a los medios de comunicación y el mundo laboral. ¿No debería hacerse el análisis de lo que viene fallando desde hace ya demasiado tiempo y erradicar definitivamente las delirantes ideas que dieron pábulo histórico a estas conductas? ¿O quizá no interesa a la corrección política y se prefiere dar palos de ciego que acallen momentáneamente el clamor social?

Los jóvenes actuales son herederos de varias generaciones huérfanas de sólidos principios trascendentes. Son descendientes de un tiempo que, entendiendo mal la libertad y la tolerancia, escaló las más altas cimas de la permisividad hasta alcanzar el abismo de la irresponsabilidad. Cuando la existencia transcurre en la más completa desorientación y se confunde el arriba con el abajo sucede -por lo menos- lo que ha sucedido.

¿Cómo no iban a sentirse huérfanos quienes fueron educados con las secuelas ideológicas y culturales de la revolución de 1968? Su amplísima reivindicación de libertades personales plenas -entre las que se encontraba la de un sexo no sujeto a ninguna norma- quedó acuñada en la 'prohibición de prohibir', que, como lema más emblemático de aquella revuelta, pretendió deconstruir los valores, las instituciones y las autoridades propias del orden tradicional imperante en el momento. Aunque este amotinamiento fue pronto derrotado políticamente, con el transcurso del tiempo los nocivos efectos de su radicalismo se propagaron por capilaridad -sin distinción de ámbitos y posiciones- a todos los estratos sociales, en especial de los países occidentales: su legado de permisividad disolvió poco a poco el concepto de moralidad, hasta incorporarse a la cotidianidad colectiva y percibirse como normal por una inmensa mayoría.

Desde el confort de su púlpito intelectual, los agitadores de turno dirigieron sus soflamas a adeptos ansiosos de alcanzar el nirvana existencial prometido tras la muerte del -por ellos denominado- pensamiento burgués. Aseguraron sin empacho que el marxismo era «lo único que permite comprender los hombres, las obras y los acontecimientos». Su espejismo epistemológico les llevó a ver en él «la totalización del Saber contemporáneo», la filosofía no superable de nuestro tiempo, que solo tendrá que ser reformada cuando «exista ´para todos´ un margen de libertad 'real' más allá de la producción de la vida». Llegado ese momento, en su lugar se instalaría «una filosofía de la libertad», sobre cuya concepción sus muñidores no tenían ninguna experiencia concreta.

El simple paso de la vida ha bastado para poner las cosas en su sitio. ¡Ahora ya conocemos el acierto de la profecía sartreana, la bondad y eternidad del marxismo y -cómo no- la profunda emancipación conseguida por la filosofía de la libertad real! Para la Humanidad ha sido siempre difícil y lento salir del túnel de las crisis espirituales en las que históricamente se ha sumido, pero lo primero que ha tenido que hacer para superarlas es identificarlas como tales y aceptar que los árboles enfermos no dan otra cosa que malos frutos.