AMNESIA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Sujeto el periódico elegantemente bajo la áxila mientras regreso hacia la primera línea de combate playero. Un tipo se acerca sonriente: «¿Ya no te acuerdas de mí?» No, por eso le pido que me refresque la memoria. Resulta que compartimos aula en el instituto, allá por la prehistoria. La verdad es que sigo sin recordarlo. Vamos, no me suena de nada. Pero miento y le digo que sí.

El tipo entonces propone una partida vespertina de tenis en la pista de su colmena de apartamentos. Dudo. Pero como me acompaña el arrepentimiento por esta perrería total que acarreó, como el ambiente de movimiento me contagia con esas personas que practican gimnasia sobre la arena y, sobre todo, como jugaba bastante bien al tenis en mis tiempos mozos, le digo que sí, añadiendo que me preste una raqueta pues no venía municionado para la ocasión. El tipo sonríe pelín carroñero y detecto un brillo sádico en su ojo izquierdo. Piensa, lo adivino, que va a vapulearme. Nadie sospecha que le daba a la bola con primor: era el campeón de mi pandilla. A las 19.30 comienza la partida. Le gano los dos primeros juegos en un suspiro. Además he subido a la red andando, como un señor, para masacrarle con certeras voleas de las que humillan. El tipo se recompone tras mi ataque relámpago y remonta arrinconándome al final de la cancha. Empate. En ese trance nos odiamos. Fallo mi primer servicio. Enchufo un segundo saque birrioso y el tipo me planta una dejada mortal. Arranco de manera explosiva porque necesito rescatar esa bola aunque sólo sea por dignidad. Pero no llego a tiempo. Encima, con la carrera, se me rompen las piernas. Un tirón en cada una de ellas. Quedo lesionado. Fin de la partida. Eso me pasa por emocionarme a mi edad. Camino como Chiquito de la Calzada retornando a casa. Si el muy cabrón supiese que ni me acuerdo de él...