Amiguito del alma

JUAN CARLOS VILORIA

Era la Nochebuena de 2008. Francisco Camps habla por teléfono con Álvaro Pérez, 'el Bigotes': «Amiguito del alma. Te quiero un huevo». Y después el infierno. El infierno mediático, político, social. Ni siquiera la absolución del Tribunal Supremo por el caso de los trajes pudo librarle de la hoguera. Todavía está por desvelar si el caso que acabó con la carrera política de uno de los coroneles más prometedores de la cantera del Partido Popular, fue una conspiración desde dentro o desde fuera. Si fueron 'zaplanistas' resentidos o socialistas aburridos de la hegemonía popular en la Comunidad Valenciana. Lo cierto es que una década después, pese a haber dimitido de la Generalitat con mayoría absoluta, haber sido absuelto en dos ocasiones por los tribunales y no habérsele descubierto ninguna cuenta en Suiza, sigue en el ojo del huracán. Es un caso de estudio. Arcadi Espada sostiene, después de trabajar e investigar muchos años en el personaje que «Es un buen tío». Y que su caída en desgracia es una concatenación de populismo judicial e informativo envuelto en la conspiración de la necedad policial, judicial y periodística.

Yo no sé si Camps es un listo que se hace el tonto o un tonto que va de listo. Con su sonrisa melancólica, la cara de no haber roto nada, el gesto resignado de quien es víctima y no piensa en la revancha, lleva una década esquivando cornadas y torpedos en la línea de flotación. Hasta ahora provenían de sus adversarios políticos o 'amigos' emboscados. Él las despachaba con «la arrogancia del inocente». Pero con el giro en la estrategia de defensa de los acusados en el juicio de la 'Gürtel' de la Comunidad Valenciana sus propios amiguitos del alma se han vuelto también contra él. Y estamos empezando a conocer la cara b de Camps. Un político tan zarandeado que es como un saco de boxeo. Total, unos golpes más, debieron pensar Costa y sus chicos. Al amiguito del alma, sin embargo, le están empezando a salir los colmillos y con la misma cara de no haber roto nada ha empezado a señalar a Zaplana su antiguo mentor y a Ricardo Costa su secretario general del PP durante tantos años.

De momento no ha hecho más que dar sus nombres de pasada. («Supongo que sería el señor Zaplana»; o «el que se ocupaba de las finanzas era el secretario general») ¿Aviso a navegantes? La satanización de Francisco Camps ahora interesa tanto a la oposición como a sus antiguos camaradas de partido. Los unos porque con una gestión política tirando a pésima en el Ayuntamiento de Valencia y la Generalitat necesitan seguir agitando el fantasma de «los trajes». Y los otros porque acosados por el juicio 'Gürtel' han descubierto que «el populismo judicial» puede dar mejores resultados que negarlo todo. Con lo que no contaban era con que el manso pudiera empezar a recuperar la memoria y deje de poner la otra mejilla.

 

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